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Van Gogh: La noche estrellada, junio 1889

Tema: IGUAL

1. IGUAL de Raffaella Bolletti (*).

Tenía un hermano gemelo, todos decían que era imposible diferenciarnos. Físicamente idénticos, no fueron pocos los que nos confundían. Igual que él yo tenía el pelo rubio, los ojos azules, una sonrisa cautivadora, y la misma voz. Compartimos la casa familiar, recibimos la misma crianza, sin diferencias. Pero él siempre fue el más travieso. Incluso, años atrás se hacía pasar por mí con las chicas. Al final se convirtió en un criminal. Y por ser el principal sospechoso de varios delitos fue escondiéndose Dios sabe dónde. Al inculparme a mí por sus crímenes acabaron con mi vida. Tener igual cara y apellido fue una maldición. Ahora estoy aquí, atrapado en este lugar, en otro mundo. En mi anterior vida estaba convencido de que cada noche era igual a la otra por su oscuridad, o porque las estrellas, siempre iguales, seguían allí. Ahora que tengo que mirar al cielo a través de los barrotes de una pequeña ventana he descubierto el misterio y la belleza que encierra una noche. Nunca hay una sola noche igual a la otra. Miro al cielo para aguardar la calma a la espera de que amaine la tormenta que llevo dentro. Y cuando en el horizonte aparece la luz del sol yo sé que todo va a seguir igual que ayer, igual que mañana, igual que siempre. Todo, excepto las noches. 

2. LA IGUALDAD de Luigi Chiesa

Éramos gemelos de un embrión único nacidos a partir de un solo óvulo, éramos iguales, dos varones. De niños solíamos bromear e intercambiar cualquier cosa, por ejemplo, novias que no se daban cuenta del reemplazo. Pero lo hacíamos, a pesar de que el juego era pesado. Era una forma perversa de contarnos experiencias y desventuras.
Llevábamos ropa idéntica y aprovechábamos nuestra igualdad para burlarnos de amigos y conocidos. Los dos por igual. Nos reemplazábamos cuando estábamos en la fila para pedir documentos, era una ventaja, era un efecto de fotocopia, uno idéntico al otro.
La igualdad era nuestra fuerza. Mientras sopesaban nuestro parecido, me decían: – ¿Tú eres…? No soy el otro. A veces le preguntaba a mi hermano: – ¿Te gustaría ser yo? Me respondía: – Estaría bien, pero me da igual. – Nos miraban como si fuéramos dos fantasmas, con una curiosidad “peluda”, sexualmente perversa, un misterio sin solución. Hemos compartido todo en la vida, amores, calzoncillos, comida, dinero, emociones…desde siempre.
Mi hermano murió hace un año, ahora que estoy solo, he comprado un espejo que refleja el doble de mi imagen, pero no me parece que la una sea idéntica a la otra. Me falta algo. Un castigo imposible de aceptar; una terrible venganza de la naturaleza. Es difícil de decir, pensaba que ambos moriríamos al mismo tiempo, o uno tras otro a corta distancia. El huevo cortado se ha convertido en uno. Uno sólo no puede seguir viviendo, no tiene sentido.
Mi verdadera identidad murió con él. El igual.

3. EL LOBO Y LA LOBA de Jean Claude Fonder

Un carnero, una oveja y sus dos corderillos, en un camino en medio del bosque oscuro, encontraron una familia de lobos a quienes el hambre atormentaba. En un instante, los feroces animales rodearon a los carneros asustados.
El carnero, para intentar que el destino les perdonase la vida, se dirigió al lobo y le habló más o menos así:
— Hermano lobo, por desgracia la naturaleza ha querido que seáis nuestros depredadores, pero el hombre, nuestro enemigo común, os persigue tanto como nos explota. Hagamos causa común, huyamos juntos de esta especie que destruye alegremente el medio en el que vivimos.
El lobo, sordo a sus súplicas, se arrojó sobre él, lo mató de inmediato y se volvió hacia la oveja y sus corderitos que intentaban esconderse detrás de su madre. La oveja suplicó a su vez:
— Señor lobo, son pequeños y necesitan mi leche.
— Da igual, su carne es más tierna, —respondió el lobo.
Entonces la loba tomó la palabra y gruñó:
— Cállate, estúpido, sólo piensas en atiborrarte. Con el carnero hay suficiente para todos nosotros. La oveja y yo somos iguales, tenemos que proteger a nuestros hijos, defender a nuestra especie. ¿Tú para qué sirves?

4. IGUAL de Leda Negri

No todos somos iguales, algunos son negros, otros son blancos, altos, bajos, con cabello negro o rubio, con ojos marrones o azules, algunos son buenos, otros son malos, pero todos tienen el mismo derecho a comer, a tener un hogar y poder criar sus hijos decentemente.
Desafortunadamente no es así, todavía hay mucha pobreza y hambre en el mundo, en algunos casos por explotación, o guerras, en otros por incapacidad o debilidad de algunas poblaciones. El problema no son los multimillonarios o los ricos empresarios, quienes son odiados porque tienen mucho dinero, pero crean empleos y pagan impuestos, el problema son los gobiernos y las dictaduras que hay en el mundo, donde todos roban, engañan los más débiles y hacen guerras y no piensan en asegurarse de que la gente pueda vivir decentemente.
Los medios están allí, pero no las personas.

5. IGUAL de Maria Victoria Santoyo Abril

“Todos somos iguales ante la ley”, eso dicen las constituciones de casi todos los países, aunque la igualdad de tratamiento y de oportunidades, de hecho, no se respeta.  Orwel, en su obra “Rebelión en la Granja”, escrita en 1945, denuncia los totalitarismos; la obra constituye un análisis de la corrupción que puede surgir tras toda adquisición autoritaria de poder. “Rebelión en la granja” es una alegoría del poder y su influencia en el destino de los seres humanos.
Los animales de la Granja, alentados un día por el Viejo cerdo (el ideólogo de la revolución) que antes de morir les explicó sus ideas, llevan a cabo una revolución en la que consiguen expulsar al granjero humano (que representa a la nobleza y la burguesía) y crear sus propias reglas o mandamientos. Pero, con el tiempo, los cerdos se erigen como líderes y luego como una élite dentro de la granja.
Los diferentes estamentos de la sociedad son: las ovejas y las gallinas, analfabetas y acríticas con el régimen, personifican a los estratos más bajos, o a los “fanáticos” de un líder. Los perros representan el aparato represivo. El cuervo Moisés representa a la Iglesia, habla del cielo, el perdón y la paciencia, cumpliendo su papel de apaciguador, al servicio del granjero, que le reserva un tratamiento especial. Representa la afinidad entre el clero y los distintos gobiernos.
Al final de la novela, la dictadura del cerdo tirano y sus seguidores se convierte en absoluta y cuando los animales preguntan al burro Benjamín (el intelectual) cuál es el único mandamiento que queda escrito, éste les lee el séptimo, convenientemente modificado por los cerdos:
“Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”.

6. EL SEÑORITO Y EL GRANUJA de Silvia Zanetto

Me llamo Elio, mi hermano se llama Delio. Somos los hermanos gemelos más iguales que se hayan visto bajo el sol. 
De pequeños, distinguir el uno del otro era un verdadero problema para nuestros padres, pero parte de la culpa la tuvieron ellos: nunca se les ocurrió vestirnos con prendas diferentes, incluso tuvieron la descabellada idea de inscribirnos a la misma clase, donde ni la maestra ni los compañeros lograban distinguirnos. 
Recibir expedientes escolares iguales, con iguales notas en todas las asignaturas, se convirtió en una costumbre.  
Un día Delio se hizo daño jugando al fútbol y se quedó cojo por unos días:  fueron los más felices de nuestra vida, porque había algo que nos hacía diferentes. Así que se me ocurrió que podíamos hacer algo voluntariamente para lograr el mismo resultado. Yo le robé el tinte para el pelo a mamá e intenté hacerme pelirrojo, pero ella me descubrió y me empujó la cabeza bajo el grifo.
Delio decidió volverse harapiento: se hizo cortes en los pantalones y en las mangas y se revolcó en el barro antes de entrar en el colegio. Aquel día todos tuvieron claro cuál de los dos era el señorito y cuál el granuja. Pero, nada más salir del cole, mamá le echó una regañina y lo llevó a casa a bañarse. Después, se volvió loca para encontrar otros pantalones y otro suéter iguales a los míos, pero, como no lo consiguió, tiró a la basura también los míos.
Por fin, nos hicimos hombres y pudimos decidir qué hacer de nuestras vidas. 
Por cierto: la tonta de la maestra nunca se enteró de que siempre me interrogaba dos veces a mí en matemáticas, y dos veces a Delio en historia y gramática. Quizás por eso ¡sacábamos siempre las mismas notas, Delio y yo!

7. LA OTREDAD de Alan Émilio Suarez

¡¿Qué diablos hago en esta ciudad?! Por más que conozca aquí a muchos otros —paisanos y locales—, creo que jamás me sentiré parte de este lugar…

Siento cómo huelen mis orígenes, y de inmediato… miradas de rechazo, desvíos, caminar acelerado… Pero… ¿qué otra cosa puedo pedir?; venir era mi única opción; era eso o la muerte. Después de haberme escondido, de haber huido de ciudad en ciudad con la ayuda de algunos amigos —amigos que no tuvieron la oportunidad, como yo, de escapar, y cuya situación hoy desconozco—; después de haber llegado a la costa dejando allí todos mis ahorros y embarcándome hacia esta tierra prometida… Era mi única opción para vivir —tristemente—, como lo sigue siendo todavía para otros… ¡Cómo quisiera volver!, seguir ayudando a mi gente, casi todos oprimidos por ese régimen absurdo…

Por fortuna, aquí he encontrado algunos amigos, y más ayuda de la que había esperado… Sin ella, seguramente estaría como al inicio: robando para poder comer y pagar una cama —como todavía hacen algunos, per forza…—, o estaría nuevamente herido, o en una celda.

Aunque… ¿es posible que sí hubiera tenido otra opción? Tal vez habría sido mejor escuchar a mi mamá, haber seguido con mis estudios, con mi apacible trabajo en las canoas, y haber muerto sin saber nada más, sin preguntar nada… ¡Maldito el día en el que supe de Voltaire, y de Rousseau! Sin ellos, jamás me habría invadido este sinsentido de querer convertirme en un héroe local…

Igual… ya es demasiado tarde. Agradezco a América por haberme recibido, y por seguir alimentando mi vida; sea como sea, encontraré la forma de volver a Italia, de donde nunca debí haber salido. *

*(Basado en la vida de Giuseppe Garibaldi durante su estadía en América del Sur).

8. IGUAL de Olmo Guillermo Liévano

¿Existirá otro igual a mi mismo en alguna parte del mundo que estuviera pensando en ese mismo momento lo mismo que estoy pensando en este mismo instante?

Pasé los tres primeros años preguntándomelo a mi mismo y hasta llegué a creer descubrirlo al ver mi otra mitad, pero me dijeron que no, que simplemente se trataba tan sólo de un espejo. Sucedió después en el patio de mi casa. Alborozado pregunté si eso que se movía igual y al lado mío donde yo me movía era mi otro. Se rieron de mí y me dijeron que no. Que tampoco. Que eso no era igual a mi mismo, que se trataba de mi propia sombra e hicieron de eso un chiste que lo repetían a otros gigantes para que también se rieran. Con estos golpes, decidí no volver a preguntar nada. Comprendí la existencia del mundo de las sombras, sus espejismos. En mudo silencio seguí buscando a ese alguien igual que debía existir en alguna parte.

De paseo con los grandes por los verdes del campo, requeté pensando observé cómo la luz del día se fue yendo y lentamente las sombras lo fueron cubriendo todo… Unos pasos y repentinamente apareció desde arriba una enorme bola brillante blanca redonda que iluminó lo oscuro. Si yo corría ella también lo hacía, adonde yo fuera ella también iba o si paraba, ella también paraba. Así fue convirtiéndose en lo más entrañable mío. Al principio no tardaron en darse cuenta porque tan pronto se oscurecía, me escapaba para dialogar con ella. Me encerraban y yo me les escapaba. A medida que fui creciendo, fueron llegando médicos, curas y brujos para quitarme eso de la cabeza. Me apodaron lunático y loco. Ahora ya viejo, por todo lo que pienso, digo y hago, decidieron llamarme poeta y ella en eso está de acuerdo con ellos.

9. IGUAL de Iris Menegoz

Cuando, después de sesenta años alrededor del mundo, G.D. regresó a su pueblo, era un hombre viejo y adinerado. Hablaba cinco idiomas y se había acostado con miles de mujeres sin besar a ninguna de ellas. O así decía.
Cuando la tía Katina lo vio caminando hacia el altar de la iglesia casi le dio un ataque.
¡Igual… igualito… a su padre! —pensó -. La tía Katina se acordaba bien de don Augusto. En los treinta fue podestá del pueblo. Un fascista insolente, arrogante y delator. Murió hace diez años con mala conciencia. O así lo esperaba la tía Katina.
G.D. era un niño cuando estalló la guerra. Nació tras tres hermanitas. Don Augusto lo crio con orgullo. Lo educó para ser un “hombre verdadero” y para tratar a las mujeres siempre con menosprecio. Gloria, la primera novia de G.D., después de su partida, siguió llorando a mares esperando una carta que nunca llegó. Murió soltera. Dicen que un poco loca.
El pueblo que G.D. encontró a su regreso no tenía nada a que ver con el que había dejado años atrás. La pobreza se había ido. La gente vivía muy bien. Sus amigos estaban muertos o enfermos y seniles. G.D. tenía un montón de dinero y un montón de aventuras que contar, pero nadie a quien contarlas. Porque a la gente, su dinero y cómo lo había ganado, le daba igual.

(*).. Micro ganador