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En el guerracivilismo que se instauró ya hace siglos entre turistas y ciudadanos, éstos tomaron muy pronto el camino de la derrota. No por voluntad propia o por gusto, claro, sino por esas leyes diabólicas y aparentemente inescrutables que trazan con mano de hierro el devenir de la historia, de la gran Historia con mayúscula, y el devenir de esos otros millares de millones de historias en que se encierra y resume la vida de cada uno de nosotros.

Hoy el hecho es tan evidente que podemos declarar, sin miedo a equivocarnos, que, sin haber llegado al final de ninguna guerra ni haber firmado el más mínimo armisticio, los ciudadanos han perdido la gran batalla: las ciudades ya no son suyas.

Es decir, el hecho capital que a partir de inicios del segundo milenio libró a los ciudadanos de las inclemencias del campo o de la forzada piedad de los monasterios y los condujo lentamente a la formación de la Europa que conocemos hoy con núcleos urbanos bellísimos y de dimensiones humanas -peatonales-, ha llegado a su fin diez siglos más tarde. Y como consecuencia el hermoso y democrático título de ciudadano debería ser sustituido por el vulgar título de súbdito/consumidor.

Las ciudades ya no son de los ciudadanos que contribuyeron a su grandeza y esplendor. Las ciudades -los centros históricos- ya son de los turistas (adinerados o migrantes) y de las administraciones que las administran con el único propósito de sacarles el mayor rendimiento económico posible para generar una riqueza que ella misma -la ciudad/centro/histórico- devora.

Es una pena porque desde los lejanos días de Vitrubio hasta hoy mismo, arquitectos, urbanistas, ingenieros, filósofos, sociólogos, economistas, políticos, egregios cronistas o simples ciudadanos de a pie no han dejado de reflexionar y de proponer soluciones a los inmensos problemas que genera la concentración de miles de seres humanos en un territorio relativamente exiguo y jamás imaginado para acoger aglomeraciones semejantes. Entre las miles de obras dedicadas al asunto, recuerdo con especial deleite la de Llàtzer Moix, La ciudad de los arquitectos, en la que narra, con singular audacia y claridad, la transformación de la Barcelona olímpica. Libro olvidado hoy, pero lleno de sugerencias y clarificaciones en torno a lo que supone acometer la reforma integral de una ciudad histórica.

Frente a lo que sería la conveniencia de atender y entender las necesidades de habitantes y usuarios de la gran ciudad (centro histórico mediante), las diabólicas e inescrutables leyes del comercio y del dinero han decidido por nosotros. Dado que ya no se pueden colonizar países, territorios o civilizaciones remotas, dado que la colonización del futuro supone grave riesgo para la existencia misma de la tierra -destrucción de los ecosistemas, cambio climático sin precedentes, empobrecimiento masivo de las generaciones venideras-, dado que la colonización de otros planetas parece aún un sueño inalcanzable, el dinero, que nunca duerme y que a todos seduce con el brillo del poder que otorga, ha decidido por nosotros: “Señores, colonicemos el pasado”.

Y así estamos, con el pasado, con nuestra historia, colonizada por el turismo. Y por eso tú, honesto e ingenuo ciudadano, que acabas creyendo o cayendo en los macromensajes del sistema, posiblemente ya tienes reservados, e incluso pagados, tus días de vacaciones del próximo año porque tienes que visitar las ruinas de Agrigento, los canales de la Venecia del Norte, los castillos de Escocia, el populoso y siempre admirado barrio de Triana, el gótico de Barceloa o el “cool” de Lavapiés. Como tú, millones de seres de todo el mundo emprenden tarea semejante, trillando hasta el último rincón donde la humanidad haya dejado un rastro de gloria. ¿Qué me dicen de Venecia, Florencia, Roma, París, Londres o Praga? ¿Se las van a perder? El dinero ha decidido que tenemos que visitarlo todo y no vamos a ser tan estúpidos de negarnos teniendo por todas partes destinos “low cost” para los que alcanza nuestra paga extra.

Como estamos irremediablemente perdidos y condenados, tendríamos que irnos preparando para abandonar nuestras ciudades en las que muchos estamos asentados desde hace varias generaciones. Ahora esas ciudades/centro histórico son patrimonio de las multinacionales del comercio, de los turistas que compran en todas partes el mismo producto y de las ávidas administraciones que nutren sus arcas con una pléyade infinita de impuestos, normas restrictivas y endeudamiento. Podríamos intentar rebelarnos como en esas películas de fantasciencia en que unos guapos, inteligentísimos y heroicos se enfrentan a las fuerzas del mal entre las ruinas de su propia civilización. No creo que durásemos mucho. Además, hemos vivido lo suficiente como para saber que no somos unos héroes y que lo que más nos importa es el mejor futuro para nuestros hijos.

Parece que la única solución posible, si queremos sobrevivir con dignidad, es, como en esos mundos de fantasciencia, huir. Pero huir a otros mundos que, quizá, como quería Paul Èluard, están en éste. O sea, que la única solución posible es crear otras ciudades. Pero no ciudades dormitorio, ciudades satélite, que no son sino barriadas incultas, aledaños desantendidos, extrarradios violentos y sucios. No. Lo suyo es fundar nuevas ciudades de dimensiones humanas, con su centro que se irá haciendo histórico, con todos los servicios, con precios al alcance de los salarios, con transportes públicos modélicos y bien comunicadas con los núcleos históricos y administrativos que por esas leyes diabólicas que todo lo rigen hemos ido rindiendo a los turistas.

Y eso, ¿cómo se hace?, preguntarán muchos. España es un país vacío y las utopías no ocupan lugar.

(Continuará)

Arturo Lorenzo.
Madrid, diciembre de 2018