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Aparece una noticia, varios días comentada en los periódicos, referente a un fallo funcional de una parte importante de la ciudadanía española: los profesores de Enseñanza Media o Secundaria, o como diablos se llame ahora, que también incluye a los profesores de Formación Profesional.

La Administración Pública española ha convocado la friolera de 20.000 plazas para convertir a interinos o aspirantes en funcionarios públicos adscritos a perpetuidad al Ministerio de Educación. La noticia, con ser importante, no es ésa. La noticia es que casi el 10% de las plazas, es decir cerca de 2.000 puestos de trabajo, en un país con casi dos millones de parados, han quedado sin cubrir. Y no ha sido posible porque los profesores, interinos y aspirantes, no saben escribir en español. Es la maldita ortografía. Y quizá algo más.

Lo que no dicen los medios de comunicación es cuántos de los 18.000 aceptados han superado las pruebas con una aprobado raspadillo, porque posiblemente ahí esté el problema. Muchos accederán a su puesto en la función pública por los pelos. ¿Se hace un transplante de riñón por los pelos? ¿Se derriba el avión de una fuerza enemiga por aproximación? ¿Se habla porque me entienden de cualquier manera aunque no sepa expresarme ordenadamente o se habla bien?

El problema no es la ortografía. Como muy bien dice Álex Grijelmo, uno de tantos preocupados por la calidad del idioma, la ortografía es un síntoma, es la fiebre, pero no es el mal. El mal es que no se sabe nada, y lo que es peor, es que parece que no saber es un síntoma de hombría, incluso en el mal llamado sexo débil. Si uno se expresa bien, con tan “rodeadas palabras”, que diría Teresa Panza, puede acabar siendo el hazmerreír de los compañeros. Es decir, hoy en día hay un “bulling” (¿acoso?) permanente en torno a quien pretenda hablar o escribir conforme a las reglas que conducen a la profundidad, a la verdad y a la entereza del pensamiento.

El problema no son los profesores. Ellos son otro síntoma de la enfermedad. Y la enfermedad se llama desprecio por la cultura. Como muy bien decía el Loco de la Colina en un vídeo que se hizo viral hace poco, es que hoy día hay gente, mucha, que se jacta de no haber leído un libro en su vida. A nadie le importa que tú hables bien o escribas mal. Lo que importa es que triunfes. Da igual si es dando patadas a un balón o masacrando a cualquiera de los contertulios que se dejan ver en los mil programas basura que ofrece la televisión a cada paso. Con tal de que tengan audiencia, todo vale. ¡Qué tiempos aquellos en los que la ciudadanía asistía al Congreso sólo por oír qué y cómo hablaban los parlamentarios! Quizá el signo inmediato de la estupidez ambiente sea el emoticón, esa jerga de odiosas figuras orientalizantes con las que el donado escribiente sustituye su hermosa lengua por un figurilla miserable y, en lugar de escribir te quiero, envía una imagen vicaria.

No vamos a salir de ello, de la pobreza idiomática, porque no hay voluntad de hacerlo. No se trata de que la RAE dicte o aconseje, no se trata de que profesores, universitarios, secundarios y primarios, pongan atención al modo de redactar y expresarse de sus alumnos, que, por supuesto también tendrían que hacerlo. No se trata de que la prensa escrita y los medios audiovisuales redacten y se expresen con pulcritud, claridad y precisión, que también. Se trata de que no hay voluntad política ni social para atajar el problema. El problema no es la ortografía, que a la postre es un conjunto de normas que con sangre entra, como dirían nuestros clásicos. El problema es que no se sabe escribir porque no se sabe argumentar. Y no se sabe argumentar ni escribiendo ni hablando. Y si no, mírense unas cuantas sesiones parlamentarias o lean con atención a los cronistas de urgencia que por complacer rebajan el idioma al nivel más bajo de la calle, en el que no les importa introducir anglicismos innecesarios o celebrar las palabras más soeces e inmediatas del idiolecto callejero del momento.

No se trata tampoco de defender, como pretenderán algunos, la particularidad de los localismos. En una lengua que compartimos cerca de 500 millones de personas, lo local es casi cada hablante, y también hay que hacer un esfuerzo (cultura es siempre esfuerzo) por comprenderlo e incluirlo, si viene al caso, en nuestra propia lengua. Se trata de la unidad de un idioma, y eso no se hace sólo con la ortografía, aunque con ella sólo quepa una postura radical. O nuestras sociedades, me refiero no sólo a la española sino en este caso también a las hispanoamericanas, comprenden y estimulan la unidad y coherencia del idioma o nos bajolatinizaremos y daremos a luz mil nuevas lenguas romances. ¿Es eso lo que queremos?

El esfuerzo para resolver el problema es una tarea mayor. Y esa tarea sólo se puede hacer desde una visión política de la educación que apueste por la calidad de la lengua de sus hablantes/escribientes. ¿Desde cuando, por ejemplo, no se hacen pruebas orales a nuestros bachilleres para que argumenten y defiendan un asunto del temario educativo en clase ante sus compañeros? Pero no sólo eso. Los medios de comunicación tienen hoy en día un poder determinante sobre las iniciativas y movimientos sociales. Es obligatorio que se cree para ellos una norma de conducta idiomática acorde con la voluntad de defensa, calidad y promoción de la lengua. Sean medios públicos o privados.

Damas y caballeros, estamos enfermos, pero la enfermedad tiene cura. Sólo necesitamos la voluntad política y social para darle a la enfermedad un progresivo y generoso alivio. No echemos la culpa de todos los males a que los aspirantes a profesores no sepan acentuar o utilicen abreviaturas en sus pruebas de acceso a la Función Pública. El problema es que los profesores, ni nadie, sabe presentar por escrito una queja coherentemente argumentada a un banco o al presidente de la comunidad de vecinos. ¿Habría alguien, entre todos nosotros, que todavía hoy se atreviera a escribir una carta de amor apasionada, argumentada y sin faltas en lugar de enviar un WhastApp con emoticones?

Arturo Lorenzo.
Madrid, noviembre de 2018