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© Anastasia Dupont

PAREJA

Estoy sentado en un rincón del bar. Observo el escenario, mis ojos miran a las camareras con sus chalecos anchos abiertos que se mueven rápidamente entre las mesas ocupadas. Hay gente también en la barra y otros cerca de la puerta que esperan a que se libere una mesa. Hombres y mujeres almuerzan en el bar Topless, y ya no se preocupan del uniforme que ha dado nombre al lugar. Cristina no quiere cambiar nada, su bar tiene la imagen de mujer liberada que no tiene que vestirse por pudor. Un pudor que considera hipócrita o una herencia de la opresión machista. Cristina tiene ideas revolucionarias también sobre las relaciones entre los seres humanos que sean mujer u hombre, cree que hay que redefinirlas y no duda en poner en práctica su filosofía.
Hace algunas semanas, con el buen tiempo, fuimos a pasar unos días con sus hijas a la Toscana. Estábamos alojados en una de las cabañas del camping naturista cuyo chiringuito Cristina había gestionado con su ex marido. Aparentemente, los dramáticos acontecimientos que habían provocado su separación, estaban relegados en el lejano pozo de los recuerdos. Por allí se vivía desnudo, y como la cabaña tenía una sola habitación la promiscuidad era total. Cristina y yo dormíamos en una cama y las chicas en otra, hacíamos el amor cuando estaban en la playa por la tarde. Cristina, el primer día, mientras cenábamos había querido precisar la situación:
—Alfredo y yo, como ya sabéis, somos pareja, estamos felices juntos, pero no hemos formalizado ningún compromiso — dijo simplemente. Nos queremos, como os queremos a vosotras. Además nos gustamos, y nos encanta acostarnos. El futuro dirá qué será de esta relación, somos libres como lo sois vosotras. Quizás un sentimiento, un deseo, pueda nacer entre él y una de vosotras, como podría nacer con cualquier otra persona, lo importante es que prevalga la honestidad y la transparencia. Confirmé estas palabras definitivas con gran entusiasmo y sinceridad porque estaba enamorado de esta mujer, inteligente, fuerte y sensible. No me imaginaba por un solo instante, poder desear a Carmen o a María aunque, a mis treinta años, sea mucho más joven que Cristina.
Vivir desnudo día y noche es una experiencia muy aconsejable, nos acerca a nuestra animalidad, nos quita algunos aspectos de la humanidad que hubiera sido preferible no desarrollar, como la vergüenza por ejemplo. Después de pocos días, uno pasea, mira a los otros, se baña, es más, va de compras, va al bar, participa en actividades deportivas sin prestar la mínima atención al cuerpo y a los modales de los otros. Claro que hay belleza, pero la belleza sin ningún artificio se nota de otra manera, yo diría que hay menos personas feas cuando ningún mal gusto interviene para modificar la naturaleza. La prueba definitiva de estas afirmaciones se confirma cuando se organiza una noche de baile. Entonces, los nudistas se visten, al menos parcialmente, se maquillan, se ponen un tanga, un pareo, hasta un sostén para estar más atractivos, al menos así lo creen.
Fue una buena experiencia, descansamos realmente y cargamos reservas de sol, de mar y de naturaleza para enfrentarnos de nuevo la vida ciudadana. Nuestras relaciones se fortalecieron, consolidándose la intimidad y sobre todo la complicidad. A la vuelta, seguí viviendo en mi piso cerca del bufete que tanto me gusta, y las chicas en el apartamento de Cristina. Pero en función de las situaciones o necesidades, cada uno iba a dormir donde consideraba más conveniente, mi sofá era en realidad un sofá-cama, y Cristina tenía dos habitaciones en su casa. La verdad es que ella se quedaba a menudo en mi piso. Ayer por ejemplo, me llamó, y con una voz sensual y ronca me dijo:
—Esta noche te quiero dentro de mí.
Enloquecí, regresé a mi casa y le preparé una pasta, pero cuando Cristina llegó al piso, apenas había entrado por la puerta la besé, le quité el chaleco con el que enseñaba sus pechos en el bar topless y la llevé a mi cama sin esperar ni un instante. Nuestro acoplamiento fue salvaje y rápido, teníamos hambre los dos y la noche iba a ser larga.
A Cristina le gustaba al amor en todas sus formas, le gustaban sobre todo los preliminares, su invención no tenía límites. Lentamente acarició todas las partes de mi cuerpo recorriéndolo desde las extremidades a lengüetazos hasta mi pene listo para estallar. Ella se lo tragó hasta lo más profundo de su garganta para no perder ningún temblor y sobresalto de una eyaculación infinita. Solo el cansancio nos rindió, y por la mañana, mientras desayunábamos, Cristina me masturbó lentamente, y cuando me sintió listo de nuevo me cabalgó rápidamente para recoger mi semen en su vagina, se puso las bragas, los vaqueros, y el chaleco, me dio un besito, y me saludo diciendo:
—Así te tengo dentro de mí todo el día.
A mediodía había decidido almorzar en el bar, pero Carlos me ha dicho hace un momento que Cristina ha vuelto a su casa después de los desayunos, que hoy era su turno.
—¡Hola Alfredo! —dice una voz femenina. Me vuelvo esperando ver a Cristina. Era Carmen, su hija, su voz me confunde un instante, perdido como estaba en mis pensamientos.
—¿Vienes de la universidad? —digo, mirando su ropa.
Las chicas se habían inscrito a la universidad. María estudiaba derecho en la Università degli studi y las aulas estaban bastante cerca de la casa de Alfredo y también del bar. Carmen estudiaba ingeniería informática en el Politécnico de Milán, más cerca del barrio en el que estaba la casa de Cristina, pero tenía que tomar dos líneas de metro para venir al bar.
—Sí, —me responde, —quería desayunar contigo. ¿Puedo sentarme?
—Claro, —le respondo. — ¿Cómo sabias que iba a comer aquí?
—Mamá me lo dijo por teléfono.
—Ah, entiendo. —digo con una sonrisa.
Carmen se sienta conmigo, la camarera le trae su comida y ella pide una cerveza. Parece preocupada, muy seria. La dejo comer en silencio, esta chica es un compendio de frescura y dinamismo. Lleva vaqueros y camiseta a cuadros azules, su pelo atado en una cola de caballo, sin maquillaje o perfume. No le interesa, me gusta, es la verdadera hija de Cristina. Nunca tiene problemas, pero siento que esta vez, va a traerme uno.
—He conocido a un chico, hace unos días, lo llaman Dan —me dice fijando sus ojos limpios en los míos como si quisiera desafiarme.
—Eres muy atractiva, Carmen, me parece más que normal.
—Es muy guapo y me gusta, lo he conocido en el Harp Pub, un bar histórico frecuentado por todos en el Polimi. Entre dos clases voy allí, durante el día es tranquilo, y me instalo con mi ordenador para trabajar. Un día Dan estaba en la barra, se acercó a mi mesa para pedirme si tenía un mechero, quería salir para fumar un cigarrillo. Le respondí que no fumaba, pero no sé cómo, una cosa llevó a otra, y tras un instante estábamos conversando. Me confió que conocía a una estudiante de primer año, Irene, y que trabaja en otro bar del barrio.
—Bien, pero te veo preocupada. ¿Qué problema hay?
—Es un hombre violento. Mamá me ha aconsejado que te lo cuente.
—¿Cómo lo sabes? Cuéntamelo todo. —Digo removiéndome en la silla.
Me mira agradecida y me detalla la triste historia. Irene, una compañera que estudia con ella, la encontró el día después. Ella le confirmó que es la novia de Dan, están juntos desde el inicio del año, lo había conocido también en el pub, con el truco del encendedor. Era guapísimo y sus compañeras estaban celosas de ella,
—Les comprendo, — me confía, —es un Apolo griego.
—Ah, —digo con una sonrisa provocadora, —y ¿qué tiene más que yo este Apolo?
—¿Tú? bueno, es otra cosa …
—Buena respuesta.
Carmen me mira durante un largo momento y después añade:
—Ahora Irene quiere dejarlo.
—¿Por qué?
—Se comporta mal cuando ha bebido. Es celoso, no acepta que ella baile con otros. Algunas veces se pegó con otros chicos y una vez le dio a ella una bofetada. Luego le pide perdón pero Irene tiene miedo.
—Con eso se puede hacer legalmente bien poco y me imagino que Irene no quiere alejarse, quiere seguir con sus estudios.
—Mi idea es hacer que yo salga con él. —responde Carmen con tranquilidad, —Así Dan la va a olvidar. A mi él me gusta y conmigo no será tan fácil.
—Estás loca, lo sé que Cristina os ha inscrito a cursos de defensa personal y no sé qué más, pero personajes como este son peligrosos.
—Ya te lo dije, a mí me gustan los caballos guapos e indomables. —Me dice Carmen con una gran carcajada, Se alza, me da un besito y se marcha decidida.

Durante la tarde, el trabajo es intenso, Marco nuestro jefe, tiene mañana por la mañana una audiencia pública. Todo el equipo trabaja hasta muy tarde sobre su dossier para que su alegato sea convincente. Vuelvo a casa, esperando que Cristina me espere. Ahí está en la cama durmiendo apaciblemente. En la mesa de la sala Cristina ha dejado un mensaje para mí: «En la nevera encontraras una tortilla que he preparado con lo que quedaba de pasta de ayer. Yo me voy a la cama, estoy agotada. La noche de ayer fue maravillosa.». Caliento el plato en el horno y me siento en la mesa, me sirvo una copa de vino y como pensando en la felicidad que estoy viviendo con esta mujer increíble. Hace algunos meses nunca habría imaginado vivir en pareja ni que me gustara tanto. Claro, es una amante increíble, pero es mucho más, es una persona que transmite tranquilidad y que sabe enfrentarse a cualquier situación con frialdad y entusiasmo. Tiene dos hijas decididas, maduras y tan modernas como ella. Me pregunto si estoy preparado para formar una familia con estas tres mujeres que están diseñando una sociedad que manifiestamente está quemando etapas.
Bueno, querría pensar mucho en todo eso, pero hoy estoy muy cansado. Me desvisto y me deslizo con precaución en el lado derecho de la cama. Me pongo boca abajo con la pierna izquierda plegada, pocos instantes después Cristina llega atraída como por un imán y se acurruca sobre mi pierna derecha extendida, plegando la izquierda sobre la mía. Siento todas las formas de su cuerpo pegado al mío, siento sus tetas, el velo de su pubis y la seda de sus muslos. Ya estamos acostumbrados a esta postura para dormir, tengo una ligera erección pero me duermo rápidamente con una sonrisa en los labios.
Por la mañana me despierta el sonido típico de un WhatsApp. Estoy solo en la cama. Cristina ya estará en el bar. El mensaje es de ella:
—Maria me ha dicho que Carmen no ha vuelto a casa todavía, desde ayer, y no responde a mis llamadas. ¿Te ha dicho algo cuando os visteis ayer? Infórmame.

¿Qué hacer? No sé, tengo que pensar, Marco me espera en el palacio de justicia a las 11h, son ya las 9h. Corro a prepararme.

 Jean Claude Fonder