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Termas de Milán


Tema del día (21/3/2018) : BARRIO


1. BARRIO de Gloria Rolfo

Muy cerca del centro de Madrid está el Barrio de Lavapiés. Ir a visitarlo es como un viaje en el tiempo hacia el Madrid de la década de los 60. Hay una placita con juegos para la infancia pintados con colores brillantes y de allí se departen callecitas empinadas y estrechas con negocios que casi no se encuentran, como la mercería o el kiosko. A mí me gustó mucho y la cosa más linda es que no es un museo, sino un barrio vivo, una parte de Madrid donde el tiempo se detuvo.

2. MI BARRIO  de Iris Menegoz

Me gusta muchísimo vivir en mi barrio.
La gente es alegre, amable y no tiene prejuicios raciales.

Especialmente con nosotros, los italianos.

3. CARTA de Raffaella Bolletti (*)

Me gusta de vez en cuando tomar un café en el jardín de la antigua granja, justo en la esquina de mi casa, que se ha convertido en un restaurante y bar de copas, en un lugar de encuentros y de eventos culturales. Hay silencio aquí, el tráfico queda afuera. Pienso en ti a menudo. Resido en una de tus calles desde hace 40 años. Te he visto crecer, modificar tu estructura. Las pequeñas tiendas de comestibles, la del zapatero, la barbería han cerrado; han llegado los grandes supermercados. Ni siquiera queda uno de los tres cines donde solía ir; por supuesto ahora eres un barrio muy animado también por la noche, lleno de cafés y tabernas tradicionales, pizzerías y restaurantes de todo tipo. En uno de tus más antiguos edificios se encuentran las famosas Termas de Milán. ¿Y te gusta el vecindario actual? ¡Gente con prisa! ¿de dónde viene? ¿a dónde va?¿quiénes son? Ya no se charla. La vida dentro de tus cuadras corre rápido. Pero esta granja, conservando un sabor antiguo, intenta frenar la prisa, aquí puedo reflexionar sobre el envejecimiento y la modernización de tus lugares y tener un registro de mis recuerdos.

4. EL CHELI de Luigi Chiesa

Mi barrio era conocido como “El Cheli” porque tenía su propia jerga diastrática, la de nuestra generación; era una lengua de todos, no de un grupo social exclusivo, sino de los que tenían un nivel cultural diferente.

—Vete “Carroza”, —le decía al chico la tía hortera cuando salía de noche y volvía por la mañana antes de mear al lado del tiesto por lo mucho que aspiraba. —A ti te van a pillar fijo cuando te líes con el guasa del Milikaka y estás tan ciego de porros que no te pasa el corte de joder.

Tenían que dejar el rollo, dar un buen lengüetazo e irse para tomar un trago pasándoselo de puta madre. Al amanecer todo estaba tranquilo; la música “Bakalao” a tope, apagada y una ternura flotaba en el aire. Una luz translúcida acariciaba los gatos en los callejones y los basureros barrían las sobras. Lo que se quedaba era una paz trasnochadora que te tocaba en lo más íntimo.

5. LES MAROLLES de Marie Louise Bockholtz

He vivido en los aledaños de tres barrios muy diferentes uno del otro. El domingo, día del mercado, me gustaba ir a buscar hueveras antiguas. Caminaba hacia el palacio de justicia, bajaba las escaleras, cruzaba calles estrechas y al final llegaba a la plaza de las maravillas llena de curiosos. Siempre buscando unas perlas raras. Cuando encontraba algo que me gustaba para mí colección, con algunos francos se podía adquirir. Los bares estaban llenos de gente. En el aire había olor a sopa. Contenta, dejaba este barrio popular y regresaba a mi casa. Tenía que subir las escaleras, pasar delante del palacio de justicia y recorrer la avenida tranquila hasta mi casa donde mi familia se despertaba.

6. BARRIO de Jean Claude Fonder (**)

El barrio se llamaba città Studi, pero no estudiaba. La Olivetti me había transferido a Italia, a Milán, para realizar un proyecto nacional de automatización de oficinas. Estábamos en el 91, una novedad en aquel entonces. Un compañero me había propuesto alquilar un apartamento de su propiedad. Estaba solo, mi mujer se había quedado en Bélgica. Tenía dos habitaciones, una para dormir y una para estar, más una cocina y un baño. Era triste, no sé porque, no tenía luz, era un edificio antiguo, con muros anchos y ventanas pequeñas. Daba a una avenida con dos calzadas y un terraplén plantado con árboles en medio, donde, a la italiana, aparcaban los coches. Era fresco en verano pero oscuro casi todo el año, excepto en invierno, cuando la niebla era omnipresente. Trabajaba mucho, para mí era un dormitorio. Un día, buscando un aparcamiento encontré un sitio llamado simplemente Trattoria Toscana. Entré contento por la novedad, la comida era muy rica. Me acuerdo una tagliata buenísima, nunca la encontré tan rica en otro restaurante. Empecé a frecuentar el lugar regularmente, no tardé en conocer al dueño, a la cocinera y rápidamente a toda la familia. Ellos comían cada tarde en una mesa reservada. La cocinera era la abuela, el hijo era el dueño, había dos niños, la mamá y un tío che también servía. La cocina era de Lucca, lo supe después, como supe que iban cada mes a Toscana para traer productos de su región. La comida era excepcional, todos las recetas eran regionales, y al final la abuela  me preparaba platitos solo para mí. Me sentía de casa.

Unos años después, llegó mi mujer, y, claro comíamos juntos en el piso. En el año 93 nos trasladamos a corso Vercelli, en la otra parte de la ciudad. Un día propuse a mi mujer que fuéramos a conocer ese lugar, que para mí fue una salvación.

Estaba cerrado, ya no existía, la abuela era muy mayor, creo.

(*).. Micro ganador premio Tapañol
(**).. Micro ganador premio Biblioteca