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—Hola ¿Qué tal estás?
—Pues yo estupenda, muy bien ¿y tú?
—Bien
—¿Leíste el documento?, —preguntó él.
Ella en posición de batalla sentada casi al borde de la silla, con mirada inquisidora para dar la guerra, respiró profundamente y lo miró unos segundos en silencio.
—Sí, lo leí. No estoy de acuerdo con algunas cosas, tengo varias observaciones, pero creo que dadas las circunstancias solo las haré en presencia de mi abogado. Me dijo que llegaría con retraso, que comiéramos nosotros.

Le entró una llamada en su celular.
—¿Hola qué tal? Te estamos esperando. Ya vamos a ordenar el postre. ¿Cómo que no puedes venir? Precisamente este encuentro es para discutir las clausulas: 2.1, 3.4 y 6.7 del documento. Pues nada, qué le vamos a hacer. Llámame cuando puedas para ponernos de acuerdo y darle fecha a una nueva reunión.
Isabella con disgustó colgó el teléfono y le dijo en tono seco a su futuro exmarido.
—Mi abogado no puede venir, tendremos que vernos nuevamente.

Ella lo miró fijamente mientras pensaba que sin la presencia de su abogado era mejor cambiar de estrategia y ver qué podía, por las buenas, lograr de él. Como el camaleón camufló su espíritu combativo para apelar a su mejor arma, la que siempre había funcionado con ese hombre que le doblaba la edad, la seducción.
Sacudió con elegancia su larga y abundante cabellera negra perfectamente lisa; pasó su lengua alrededor de sus labios carnosos en justa proporción entreabiertos, deslizó lentamente su cuerpo hacia atrás en la silla, cruzó la pierna y su largo tacón de aguja rozo la de él.
—Disculpa, Roberto, ¿Te hice daño con el tacón? Qué te parece si leemos las cláusulas y tratamos de ponernos de acuerdo en algunas cosas.
El la miró con desdén y le dijo:
—Isabella, Isabella, tú tan predecible, tan evidente. Esperemos ese próximo encuentro con tu abogado, terminemos la comida que tengo prisa.
Su reacción la desarmó, esos mismos gestos que hasta hace poco más de un año habían desbordado a éste hombre maduro, interesante, hoy le producían un evidente hastío.

A partir de ese momento se abrió paso a un incómodo, pero necesario y conveniente silencio. Mientras comían sus respectivos postres se sumergieron cada uno en su celular. Era la excusa perfecta.
Terminaron el postre y ordenaron dos cafés.
En el transcurso de la cena, entre un plato y otro Roberto repasó los escasos años que permaneció en ese matrimonio maltrecho. Siempre un plato de segunda mesa, siempre a la sombra de aquella mujer, joven, exuberante, sexy, calculadora, y ahora exitosa.
Ella disfrutó convertirse en el plato principal; su tiempo transcurría entre pasarelas, viajes, cocteles, hoteles. En cada regreso de ella ensordecían los silencios, la indiferencia. Roberto era un hombre conveniente: maduro, sexy, adinerado, exitoso. Era el trofeo que en ocasiones solía mostrar como triunfo en el círculo de sus amistades. Roberto fue mimetizándose como parte del decorado, una especie de mueble Luis XV en aquel palacio minimalista que había comprado para ella como regalo de boda.
Él había sido su pasaporte a una vida de status, dinero, contactos, relaciones. Roberto se enamoró de su juventud, de su belleza. Lo que antes lo enloqueció, ahora se lo reprochaba. Se sintió preso del juego de la frivolidad: deslumbrarse por aquel caparazón hermoso, pero hueco, al fin y al cabo, pensaba, mirándola fijamente.

Hizo un flashback de su vida, de su infelicidad. Ya la tristeza había pasado. Con rabia engulló el ultimo trozo de su torta de chocolate, su postre preferido. Isabella se excusó para ir al baño. El aprovechó su ausencia para pedir la cuenta. Isabella firmó algunos autógrafos a su paso y se tomó algunas fotos con quienes inmediatamente la reconocieron: la modelo del momento. Una de las más bellas, mejor pagadas, más cotizadas en el duro mercado de las pasarelas. El reconocimiento era alimento para su ego. Se sabía bella, deseada y famosa.
Mientras retocaba su maquillaje con paciencia y delicadeza la cuenta llegó. Roberto saco su bolifrafo y una pequeña hoja de papel. Escribió la nota y la colocó junto a la cuenta en el puesto de Isabella.

“Isabella, tengo prisa y cosas importantes que resolver. Te dejo la cuenta, paga tú. Puedes hacerlo. En realidad, yo no estuve aquí, solo mi sombra, la sombra de un muerto, un fantasma, esa en la que me convertí a tu lado”.

Se levantó y se marchó.


Narsa Silva

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Narsa A. Silva Villanueva (Caracas, Venezuela 1972)

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