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Le Cirque Invisible es el espectáculo al que asistí el pasado sábado 10 de febrero en el Teatro Sociale de Bérgamo Alta, hermosa ciudad a sesenta kilómetros de Milán. En realidad, este es el nombre del espectáculo y también del duo formado por Jean-Baptiste Thiérrée y Victoria Chaplin, pareja en la escena como en la vida.

Ella es una de las hijas menores de Charlie y de Oona O’Neill, bailarina, acróbata, contorsionista, diseñadora de vestuario, transformista.  Él, nacido en París en 1937 en un ambiente obrero, es entre otras cosas actor, pintor, escultor, escritor, artista de variedades. Se conocen en 1968, ella tiene 18 aňos, vive en Suiza y sueňa con ser clown. Él, que ha abandonado el mundo “burgués” del teatro, según sus palabras, para dedicarse a un arte “realmente popular” como el circo, le escribe apenas lee una entrevista suya. Ella le contesta. Meses después la pareja se encuentra en Lausana, es para toda la vida.

Esta historia de amor nace enmarcada por la pasión de ambos por el circo. Son ellos los primeros en proponer a partir de los aňos ’70 un nuevo tipo de espectáculo que revolucionará los números clásicos circenses, evitando también “el horror” de los animales amaestrados. Una idea que ejercerá su influencia en el desarrollo del género Teatro Circo, del cual es un extraordinario ejemplo el Cirque du Soleil (1984).

Inician así una larga carrera. Fundan junto a unos amigos Le Cirque Bonjour que en 1971 se presenta al Festival de Avignon. En un segundo momento, y también por falta de subvenciones públicas, crean el reducido Cirque Imaginaire del que formarán parte la pareja y sus hijos Aurelia (1971) y James (1974), hoy renombrados artistas. A partir de los aňos ’90 prosiguen en duo con Le Cirque Invisible.

¿Pero qué tendrá de original este Circo?

Ante todo, está formado por sólo dos personas que se alternan en números breves, estética y emotivamente complementarios.

Jean-Baptiste, es tierno y jocoso, un joven de ochenta aňos, melena blanca enrulada, sonrisa pícara y a la vez inocente, vestidura extravagante. Divierte en su rol de clown descabellado, fingido malabarista, mago que en complicidad con el público revela sus trucos. Ducho en la comicidad ingenua, irracional, en el manejo de la ironía y del absurdo, divierte con gestos simples, livianos, que no pueden ser otra cosa que el fruto de una larga y meticulosa labor. De sus valijas forradas de flores, gobelinos, rayas de zebra, al igual que sus atuendos, surgen objetos cotidianos, ya de por sí sorprendentes por su sencillez: un sol de cartón para observar en una de sus caras el alba, en la otra un eclipse; una horquilla para crear pompas de jabón que deshechas con un martillo suenan a cascabeles; una vela que una vez encendida y deglutida por el clown ilumina su vientre.

Victoria, al contrario, es un duende sofisticado y en apariencia frágil. Un elfo silencioso, la mirada atónita, colma de inquietud mientras concentrada se entrega a las metamorfosis que cumple su elástico cuerpo envuelto en suntuosas telas o asumiendo posiciones imposibles. Transformista rigurosa despliega un bestiario fantástico y colorido: dama aristocrática que deviene caballo, paje engalanado que se convierte en avestruz, pájaro imaginario, medusa, insecto con alas de rayos de bicicleta. Pura y simple maravilla, como cuando su figura lunar entra en escena recubierta de pequeños utensilios de cocina -vasos, recipientes de vidrio, cacerolas- que al tocarlos, como un hada con sus varitas mágicas, la transforman en un instrumento musical.

Y en este mundo fantástico donde no sirven los efectos especiales ni alta tecnología, y donde los animales -conejos que comen zanahorias, patos y gansos que gaznan- atraviesan el escenario no sabiendo hacer otra cosa que ser ellos mismos, no faltan -como en los cuentos infantiles, como en la vida- los aspectos oscuros. La lucha de una mujer engullida por un dragón, los metros de seda roja que se derraman de una herida, un vestido que deviene un rostro fantasmagórico o el paseo en bicicleta del clown en tándem con un esqueleto que hace tintinar la campanilla.

Le Cirque Invisible es todo esto:  un lugar donde la utopía es paradójicamente posible, donde nos podemos reencontrar con las emociones perdidas de la infancia -maravilla y terror, temores y alegrías- condimentadas con la ironía del adulto que ha aprendido a reírse de sí mismo.

“¡Un milagro!…¡otro milagro!…¡qué  noche!” exclama jocoso el iconoclasta Thiérrée mientras, ante nuestro renovado asombro, el conejo “invisible” Jean-Louis desaparece en una nube blanca y polvorienta.

¿Recuerdan aquel lema del Mayo francés del que, en passant, este aňo se cumple el quincuagésimo aniversario? Decía: la imaginación al poder. Bueno, en mi opinión, Le Cirque Invisible es la imaginación al poder hecha realidad. ¡Chapeau!

Adriana Langtry


P.D. Me gustaría también contarles algo sobre el Teatro Sociale de Bérgamo, teatro all’italiana inaugurado en 1808 en la Ciudad Alta y condenado por ochenta aňos al abandono hasta su excelente restauración en 2009. Pero de esto, en todo caso, hablaremos en uno de los próximos “espejismos.”


Le Cirque Invisible
tema, dirección e interpretación Jean-Baptiste Thiérré y Victoria Chaplin
diseňo de luces Nasser Hammadi
con Jean-Baptiste Thiérrée y Victoria Chaplin
producción Live Arts Management
duración 1hr. 50’ incluido el intervalo

Bibliografía:

en francés e inglés, on line: Le-Cirque-Invisible-Fr.pdf