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“Caras vemos, corazones no sabemos”

El zigzag en su caminar, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, la mirada perdida, las ojeras negras por el maquillaje choreado, tan marcadas como las de un oso panda que se podían distinguir en la distancia, hicieron intuir a algunos de los pasajeros que se encontraban en el andén del metro a primera hora de la mañana que esta joven y bella mujer había tenido una activa jornada nocturna.

Lo más resaltante, a primera vista,  era su larga y abundante cabellera negra azabache despeinada y la minifalda ceñida al cuerpo que dejaba ver unas largas y fibrosas piernas, de alguien que  le ha favorecido la genética o ha hecho  mucho ejercicio para esculpirse;  las medias pantys que las cubrían lucían sucias, un tanto desgastadas y en la pierna izquierda tenía un agujero justo encima de la rodilla.

Delante de mí una señora de avanzada edad le comentaba a la joven que la acompañaba: mira que pinta trae esa mujer a esta hora, tiene todo el aspecto de una borracha amanecida. La joven le replicó: no, yo  creo que está  drogada por la mirada desorientada, está como perdida.

Un hombre de mediana edad, calculé por su aspecto, que estaba a su lado les dijo: yo creo que es una de las prostitutas que trabaja en el bar a dos cuadras de aquí, me parece haberla visto antes. De vez en cuando voy ahí.

Mientras la mujer se acercaba en dirección a nosotros, pude ver ciertamente su mirada ausente, sus ojos enrojecidos de quien ha llorado desesperadamente hasta secarse;  su zigzag no  era precisamente el de una borracha, era el de una persona aturdida.

-La señora insistió: Si está borracha, mírala, yo sabía, tengo razón. Soy más vieja que ustedes. Créanme es así como les digo.

-La joven: no, que no está borracha, no ves que no puede ni caminar está es drogada, no puede mantenerse en pie.

-El hombre: que es la prostituta, la más joven del bar, que se los digo. Si no es, es su doble.

Mientras debatían entre ellos, fijé mi atención en aquel atropellado recorrido, cada vez más cerca de la línea amarilla. Mis músculos se tensaron como cuerda de violín, pensé que en cualquier momento iba a caerse a los rieles del metro.

A  medida que se  acercaba pude observarla más claramente y ver y  sentir  su dolor, su miedo, su inercia. Pude ver las huellas de nudillos marcados en una de sus mejillas, el corte en su brazo derecho, la manga del lado izquierdo de su camisa desgarrada, sucia, y entonces observé el  hilo de sangre que corría por aquella larga pierna izquierda que tocaba su piel en aquel agujero que tenía en la media panty y continuaba hasta descender a su tobillo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, sus señas me develaron al instante,  antes que a aquéllos tres que aún discutían si era borracha, drogadicta o prostituta, la dura y terrible verdad de su noche.

Entre murmullos, indiferencia y asombro continuó su recorrido en zigzag, cada vez más cerca, más cerca, justo cuando estaba  delante a nosotros, ellos tres voltearon y vieron lo mismo que yo vi, guardaron silencio, atónitos ante su equivocación.


Narsa Silva

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Narsa A. Silva Villanueva (Caracas, Venezuela 1972)

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