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Estaba allí, sentada a la izquierda de la mesa que yo ocupaba habitualmente, casi delante de mí,  ya que las mesas formaban un ángulo a lo largo de la pared. Me fascinaba; era mediterránea, menuda, con un perfil griego, facciones marcadas, cabello negro, ojos marrones y tez morena. Un tipo de mujer que siempre me ha gustado: Irene Papas, Tina Modotti o Frida Kahlo. Además, estaba completamente vestida de negro.

No era siempre así. No la veía desde hacía algunos días, no sé, por lo menos quince.
¿Qué habría pasado? 
Solía desayunar con un hombre. Estaban vestidos como si fueran a trabajar: él con un traje gris o azul oscuro, camisa blanca y corbata; ella con un traje sastre, de falda o pantalón, y una blusa de color claro; clásicos pero elegantes. Parecían directivos.
Una rutina ritual; entraban siempre juntos y hablaban poco, ella bebía a sorbos un capuchino en el que remojaba cuidadosamente un croissant mientras él leía el periódico comiendo un croque-monsieur. Al final pedía un café solo con la cuenta. A continuación se alzaban, él la dejaba pasar y la seguía mientras salían juntos a la calle.
¿Eran una pareja o dos compañeros que iban juntos al trabajo o se esperaban por la mañana en la puerta del café? 
Esto último parecía poco probable porque nunca llegaban separados y, cuando hace mal tiempo, me parece absurdo que una persona espere fuera a la otra, pudiendo resguardarse en el interior.
Siempre me ha gustado observar a la gente e imaginar, construir o reconstruir sus vidas, como si escribiera una novela.
Esta pareja (sí, creo que es una pareja, a lo mejor un matrimonio) la había conocido hacía pocos meses. Bueno, conocer es mucho decir, ellos habían empezado a frecuentar la cafetería en el último periodo, y me había llamado la atención su regularidad: cada mañana la misma mesa y el mismo ceremonial.
Dos compañeros se habrían comunicado, intercambiado noticias, opiniones o chismes. Ellos ya no tenían nada que decirse, aunque es probable que  trabajasen juntos, si no por qué desayunar en un café fuera de casa.
¿Quién será el jefe? 
En este mundo machista seguro que el marido. Imagino que ella trabaja en su departamento, a lo mejor fue una becaria que llamó su atención. Como llamó la mía, hace un mes, cuando había empezado a pintarse los labios de rojo y a mirarme con insistencia, es más, me sonreía de cuando en cuando. Era una mujer muy hermosa, lo había notado cuando entraba o salía. Era pequeña pero muy bien proporcionada, sus pechos eran orgullosos, sus caderas y sus nalgas generosas, su paso ondulado y cadencioso confería a su cuerpo un ligereza admirable, era una mujer muy deseable.
Pero algunos detalles me decían que era sobre todo su inteligencia y su personalidad lo que la hacían atractiva. Su aire de indiferencia, su mirada observadora y la decisión con la que hablaba con el camarero, eran para  mí, pruebas evidentes. Su marido también podría serlo, de otro modo. Era grande, muy autoritario, llevaba una barba imponente, todo en él inspiraba  dinero y poder. Estaba acostumbrado a mandar, a conseguir todo lo que quería, mujeres incluidas, creo.
Eso no parecía impresionarla, se la veía segura de sí misma, no le interesaba si él miraba con insistencia a cualquier hembra bien dotada que se acercase. En mi opinión estaban casados desde hacía mucho tiempo y tenían hijos. De eso estoy seguro, algunas veces él estaba solo, seguramente porque un hijo estaba enfermo y la madre se quedaba en casa a cuidarlo el primer día, hasta la cita médica.
¿Siendo ricos tendrán criadas, no? 
No lo sé, si las tuvieran no desayunarían fuera. Bueno, una madre es siempre una madre.
Claro, era un matrimonio ya naufragado y que se mantiene por interés. Un escándalo crea problemas en el trabajo y la vida social. Él tendrá amantes, no me cabe duda, con el dinero que tiene. Quizás no intentara ni siquiera esconderlo, su mujer estaba a su merced. La pobre, seguramente estaba avergonzada, sufría mucho y buscaba apoyo. A lo mejor se vengaba, por supuesto, una mujer como ella no podía acabar arrastrada en el barro sin reaccionar. Tenía un amante, a lo mejor lo estaba buscando. Los últimos días antes de desaparecer, me había saludado,  yo le había correspondido con un ligero signo de la cabeza y una amplia sonrisa. El marido no se dio  cuenta absorbido como estaba en la lectura del periódico.
¿Por qué han desaparecido?, ¿Por qué él ya no estaba?
¿Y si estaba muerto?¿Lo había matado ella?
Esta mañana, no había comprado el diario. Ella lo estaba hojeando rápidamente. Lo cerró y con una sonrisa me preguntó sin emitir un sonido, con los labios: «¿Lo quieres?». No sabía que responder. Probablemente ella había buscado en las noticias si había salido algo a propósito de la muerte de su marido, pues normalmente no lo leía. Mis sospechas estaban más que justificadas. No podía relacionarme con esta mujer.
Antes de que pudiera reaccionar se había alzado, había recorrido los pocos metros que separaban nuestras mesas y entregándome el periódico dijo con una gran sonrisa:
—Te lo doy, a mí ya no me sirve. —y salió del café.
Me quedé atónito. Su perfume me había penetrado hasta el cerebro. Un olor de flores y frutas con toques aterciopelados de almizcle. La vi, esta vez de muy cerca. Un sueño. Sus labios rojos eran como el color tónico en medio del bronce de su cara y del negro de su pelo. Todo su cuerpo acogedor expresaba un calor en el cual habría querido refugiarme. Necesité un instante para recobrar el dominio de mis pensamientos. Abrí precipitadamente el periódico. Busqué febrilmente la noticia de un asesinato irresuelto. Nada, no encontré nada.
¿Me había equivocado?
Quizás había hecho desaparecer el cadáver. Hace algunos años había leído una novela japonesa en la que una mujer descuartizaba hombres que mataba en su bañera, embalaba los trozos en saquitos y los tiraba en los contenedores de basura diseminados en toda la ciudad.
Durante algunos días compré el periódico y verifiqué las noticias, Ella estaba sentada como de costumbre, pero siempre sola. Se vestía siempre de negro y se pintaba los labios de rojo burdeos. Cambiaba de ropa cada día, y, con el verano a las puertas, vestía más ligeramente, con escotes sugerentes. Un día, llevaba una blusa semi transparente del color de sus labios y pendientes y que dejaba adivinar sus pezones. Nunca renunciaba a una elegancia que le era natural.
¿En qué sector trabajaba?
La moda. En Milán no faltaban las diseñadoras de alta costura. No puede ser modelo, no era ni alta ni delgada. Menos mal, a mí estas modelos que llegaban directamente de los países fríos no me gustaban nada. Dos veces al año la ciudad era invadida por estas criaturas, muy reconocibles, mismas medidas, en su mayoría rubias con ojos azules. Corrían de un desfile a otro. Las empresas más importantes de este sector son milanesas. Seguro que los directivos se visten bien. Ella se vestía estupendamente.
Aunque tenía miedo no debía notarse. Nada podía hacerme recular. Ahora, cada día me saludaba. Cuando salía clavaba sus ojos de ébano en los míos y me sonría sensualmente.
¿Qué podía hacer para entrar en contacto con ella?
Alzarme mientras desayunaba y pedirle algo. No fumaba, ella tampoco. Prestarle mi periódico, pero nunca después del día en que me lo había dado le había visto leer uno. Preguntarle sobre el marido me parecía una locura, todavía no sabía nada. Podría despertar sus sospechas, darle la impresión de que estaba investigando sobre su desaparición con no sé cuáles terribles consecuencias.
¿Invitarla a mi mesa?
Yo estaba solo, ella también. Podríamos hacernos compañía. Sí, esa era la solución. Además estaba claro, a mí me gustaba y creo que también ella se sentía atraída por mí. Era un primer paso, podríamos empezar a conocernos y quizás podría dilucidar el misterio que la rodeaba. El día después no estaba.
¿Qué había ocurrido?
Leí el periódico de cabo a rabo. ¡Nada! Durante días, ninguna noticia. No sabía qué hacer. Si hubiera podido hablar con ella, habría podido decidir.
¿Había huido?¿Tenía que ir a la policía?
Estaba desesperado. No sabía nada de ella, donde trabajaba, donde vivía, ni siquiera conocía su nombre. Nos lamentamos de que la gente no colabora con la justicia, pero en este caso, se trataba de personas que habían desaparecido o que habían dejado de frecuentar un café. No tenía nada de concreto.
Pasaron las vacaciones, en septiembre nada, la mujer (no tenía ni tan siquiera un nombre para referirme a ella) y claramente el marido no reaparecían. Una pareja de modelos los habían sustituido. Había mucha gente que desayunaba en el café. En Milán, desde el 20 de septiembre, empieza la semana de la moda primavera/verano. Estos modelos me parecían completamente artificiales, se vestían como nadie lo habría hecho, las mujeres eran palos con solo piel y huesos y los hombres me parecían afeminados. Todos pocos interesantes, fuera de una vida normal y que desaparecerán el 27 de este mes.
—¿Me permites?
Me giré bruscamente. Era ella. Resplandeciente, más bronceada que nunca. Sus senos que me enseñaba generosamente no llevaban huellas de sujetador. Su perfume era aún más intenso, almizclado diría, me embriagaba. Sus labios rojos me fascinaban y sus ojos negros me sonreían para seguir diciendo:
—Como ves el café está lleno, podría sentarme contigo ya que el colaborador con el cual solía desayunar ha cambiado impresa.

 Jean Claude Fonder