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Vale Correa Fiz


Uno de los amigos más queridos de Jorge Luis Borges fue Xul Solar, hombre insólito que hizo una rara fusión de sus apellidos: se llamaba Alejandro Schultz Solari. Era un hombre magnífico: muy alto, moreno, buen mozo como un gitano, recuerda la escritora argentina Silvina Bullrich. Según Borges, Xul (astrólogo, inventor, místico, poeta y pintor nacido en San Fernando, provincia de Buenos Aires en 1887, de padre alemán y madre italiana) era nuestro “William Blake” sudamericano.

Xul Solar y su obra El títere de la muerteXul Solar y su obra El títere de la muerte

Cuenta Borges: Fui a su casa una tarde muy calurosa de verano y con muy poco tino le pregunté qué había hecho, como si en ese bochorno se pudiera hacer algo. Xul me contestó: “Nada importante. Después de almorzar, fundé doce religiones”. Xul era además un gran filólogo y creó dos idiomas, la panlingua y el neocriollo. Había inventando también el piano circular y el Panajedrez, que era infinito y se jugaba combinando sonidos musicales y colores.

Su vocación creadora se expandía a todo y, según Borges, como había creado cosas espléndidas, trataba también de hacer todas las combinaciones posibles con los alimentos. Llegó a mezclar café negro con salsa de tomate (repugnante) o sardinas con chocolate (atroz). Quedaba perplejo al comprender que eran alimentos incompatibles; las buenas combinaciones gastronómicas ya habían sido inventadas.

En 1920, alentado por el pintor Emilio Pettoruti, viajó a Europa e hizo su primera exposición de dibujos en Milán. La víspera del vernissage llegó a la galería un crítico interesado en el arte moderno. Quiso comprar dos obras de Xul Solar, pero el pintor le advirtió: ¡Cómo, usted dice que es un buen crítico y va a comprar estas porquerías!”. La frase se hizo famosa. Todo Milán visitó su exposición. Previsiblemente no consiguió vender ni uno de sus dibujos.

Barrio, 1953, Xul SolarBarrio, 1953, Xul Solar

Entre sus múltiples rarezas, todos recuerdan que saludaba al personal doméstico estrechándole la mano, igual que a los dueños de la casa. Xul aseguraba que era un ángel caído del cielo y que, por eso mismo, era inmortal y podía entrar en éxtasis y levitar. Una tarde, de visita en la casa de la familia Borges, quiso demostrarle a Norah (la hermana de Jorge Luis Borges y también pintora) que tenía el don de la levitación. Se acostó en el suelo. Pidió que oscurecieran la habitación y se hiciera silencio. En ese momento, Leonor, la madre de Jorge Luis y Norah, entró a la habitación y le advirtió que si no encendían las luces y él se levantaba del piso, lo echaría de la casa. El experimento, por supuesto, fue abandonado.

A tal punto había convencido a su mujer de su inmortalidad que cuando murió en 1953 (tenía entre sus manos un rosario de madera, hecho por él mismo), ésta, en medio de un mar de lágrimas le susurró a Borges, en pleno velorio: “Se da cuenta qué papelón: morirse, él, que decía que era inmortal”. “Fue el hombre más feliz que he conocido”, dicen que dijo Borges. “Todos nosotros nos conformamos con percibir el mundo tal como es, Xul Solar quería cambiarlo”.