Por una cerveza

Unas semanas atrás, una amiga del Tapañol me comentaba que en su país existe una enorme variedad de cervezas.

No sé si fue la charla o el calor anticipado y sofocante que esa tarde envolvía Milán, lo cierto es que algo funcionó como aquella famosa “magdalena de Proust.” De repente, me encontré catapultada en los veranos porteños de la infancia. Días interminables de agobiante canícula cuando mis jóvenes padres sacaban de la heladera la botella oscura y vertían, en grandes jarros de vidrio, el líquido dorado que subía y subía hasta el borde del vaso, donde un precavido dedo índice impedía a la espuma de derramarse. De la etiqueta azul en la botella reconozco inmediatamente la Quilmes. Y sin darme cuenta estoy ya entonando el jingle de “La espumita” que cantábamos de niños.

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