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Didier siempre había querido un amigo “negro”. A él, rubio de ojos azules y con muchas pecas en su rostro, le parecía extraño y al mismo tiempo intrigante, probablemente porque el contraste entre el blanco y el negro le atraía como le gustaban las fotos monocromáticas sin la presencia del color. Cuando era pequeño, no había mucha gente de color; en esa época la inmigración de los países africanos era muy limitada. Tampoco entendía la palabra “de color” que se refería a la raza negra. El negro era el color de la oscuridad, el hombre negro se lo llevaría, decía siempre su abuela, el agujero negro se lo tragaría. El negro significaba suciedad, y las manchas de tinta que hizo en su cuaderno eran negras. Su vida en blanco y negro sin ningún otro color.
De adulto, le gustaban los libros de género “noir“, historias sobre la vida después de la muerte, zombis, el día de los muertos, rituales de vudú, novelas afrocubanas, bosques negros.
¿Y si fuera al revés?
¿Era el negro la parte hermosa y el blanco la parte mala dentro de nosotros?
Cuando vio a la chica en esa calle oscura y negra con tonos de piel de ámbar, se acercó; tenía un olor similar entre el cuero y el tabaco sucio, sus ojos eran muy claros, verde claro casi blanco. Una sonrisa brillante, dientes muy blancos reflejados en la luna, llevaba joyas de oro que parecían fosforescentes; un poderoso faro de luz blanca en la noche.

Luigi Chiesa


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