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Somos capaces de perder la razón por una cosa bella. Su tiranía es implacable. A thing of beauty is a joy for ever, que nos dejó dicho Jonh Keats. Da igual que se trate de un fragmento de ópera que de un perfil de la costa amalfitana: …a joy for ever.

Pero, ¿y si la belleza fuese el principio del mal? Por ejemplo, un volcán en erupción.

Albrecht Altdorfer – La batalla de Alejandro en Issos (1528 – 1529 – Alte Pinakothek München)

Me lo dijo mi amigo Contreras al volver de unos agotadores ejercicios de tiro: El mal es la realidad. Estábamos en el servicio militar, obligatorio en la época, y la frase no me sonó tan disparatada. Pero donde buscamos la belleza con mayor ahínco es en la realidad. Da igual que sea en la realidad de la música que en la realidad de la naturaleza. Esa realidad exterior la combinamos debida y reiteradamente con nuestra realidad interior, la fantasía, la ensoñación, la memoria o el olvido, y ahí se produce el punto de conjunción, en el que estalla lo vivido con lo soñado. Punto de conjunción que si no lo controlamos conduce directamente a la demencia. Los aristas saben mucho de eso. ¿Qué les pasó a Rimbaud. Van Gogh o Goya, por poner solo unos ejemplos populares? No son irresistiblemente bellos los espeluznantes dibujos de Giger, el inventor de Alien?

Pienso en esos aguerridos seres humanos que atraídos por la fatalidad de la belleza arriesgan su vida asomándose a un cráter para contemplar en primera línea, aún a riesgo de la propia vida, las calderas del infierno a punto de explotar.

La belleza es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar, sentenció R. M. Rilke en sus “Elegías duinesas”. Claro, él se refería a una realidad poética, angélica, metafísica, como tantos otros artistas, pero nuestro valiente e insensato explorador de volcanes es posible que esté iniciando el último viaje: un golpe de lava, un gas maléfico, la repentina aunque esperada erupción… Pero a pesar del riesgo necesita el espectáculo total.

Esto de la belleza a lo largo de mi vida, especialmente durante los años de la primera formación, se me ha presentado siempre circulando sobre dos ejes maestros: la mujer y el arte. En una primera salida al mundo comprendí inmediatamente que la Naturaleza es otra fuente inagotable de belleza, con la particularidad de que un mismo espacio natural es capaz de transformarse a sí mismo en función de la luz, de las estaciones, de la lluvia…, de su feroz enfado, como en el ejemplo del volcán.

Unamuno dejó escrito sobre los campos que viajan de Sigüenza a Atienza que son tan tristes que parece que tienen alma.

Después, sin darme cuenta, fui descubriendo que las fuentes de la belleza son inagotables, porque no solo hay belleza en los objetos, en la realidad. Nada más bello que la belleza de los gestos, sean estos físicos o morales. Precisamente a Contreras lo que parecía contrariarle era la fealdad de los gestos. Por alguna razón desconocida, el sargento y el capitán de la compañía le despreciaban ostensiblemente delante de todos los compañeros. Un amanecer, en un puesto de guardia, el cabo de relevo lo encontró con un tiro de su propio subfusil entre ceja y ceja. Siempre he querido pensar que fue un accidente, pero cuando una vez, muchos años más tarde, en pleno desierto de Beni Mellal, estábamos seguros de que la bellísima tormenta de arena que se avecinaba nos devoraría, pensé si no sería verdad que la realidad era el mal, como me explicitó Contreras. Pasó el mal, llegó la luz y apareció un cielo espléndido y un arenal infinito que se perdía en el horizonte. Como el intrépido vulcanólogo, sé que arriesgaría mi vida por ver de nuevo semejante espectáculo.

¿Te interesa el arte actual? ¿Te refieres a eso de un tiburón en una vitrina con formol?
Sí, algo así. A este buen amigo con el que con frecuencia hablo de cosas serias, le pasa como a mí. Es muy difícil que una pieza contemporánea nos interese, aunque las hay. Con frecuencia, dice mi amigo, me interesa más una silla que un cuadro.

¿Qué nos pasaría en aquel entonces como para organizar un viaje a Munich con el único objetivo de ver “La batalla de Alejandro en Issos”, de Altdorfer, que solo conocíamos en las reproducciones de los libros de historia del arte? ¿Repetiríamos ese viaje ahora? Sin lugar a dudas.

Hay algo mágico e inusual en ese cuadro. Algo volcánico, sin duda, pero sin peligro de muerte para el espectador, a no ser que sea la muerte de algo sentimental o de la sentimentalidad misma. Nos atraían las masas de combatientes. Nos atraía el gran triunfo del héroe. Pero nos atraía también el olor a derrota, la gran debacle del Imperio persa, escenificada en la huida del emperador, pero, sobre todo, metaforizada en ese sol volcánico que anuncia la ruina total de una parte hasta entonces bien poderosa de la humanidad.

¿Qué es lo que ha pasado con los cuadros, con la pintura, con el arte en general? Da la impresión de que ya nada nos llega al corazón. ¿Defecto nuestro o de la producción? Sin duda defecto de una crisis generalizada de valores que, entre otras cosas, ha llevado al arte de la creación al mercado de los grandes inversores alejándose definitivamente de los intereses del público, del espectador individual.

Ahora viajamos por los mercadillos, las chamarilerías o las tiendas de viejo a la espera y confiados en que uno de esos objetos de la realidad, que tanto odiaba mi amigo Contreras, nos llegue al corazón, tenga un precio asequible y acabe en una vitrina de casa de la que jamás volverá a salir. Si puede ser, que sea algo antiguo, modernista como poco, y nos haga sentir, en la calma burguesa de nuestros hogares, que poseemos una nueva thing of beauty que nos reconfortará levemente del gran fracaso del arte contemporáneo.

De las mujeres, de la mujer, ya ni hablamos, porque la edad no nos lo aconseja. Pero ahí están y ellas sí que no son un fracaso.

Arturo Lorenzo.
Madrid, febrero de 2020