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Floración de Victoria amazónica

Tema: SELVA

TSAMPI de Olmo Guillermo Liévano (fuera concurso)

Tsampi es “selva” en lengua Cofán. (Amazonas Putumañense colombiano…)
Allí viven en grupos pequeños, pobladores indígenas, de cultura ancestral y liderados desde antaño por los Taitas, las Abuelas y los Chamanes, la autoridad tradicional que manejan las plantas de Tsampi para curaciones y el Yagé (tendukhu u’fa) para conocer el futuro, el diálogo de saberes, en la armonización de la palabra y en el amor… caminar juntos en un amanecer o cuando cae la tarde.
(“Suhu” Kussetsw e’yu suuu keehatsw se’ tù phwphwma hunkei tsunmbina farde humbachuma hunkeiu) un ave nocturna, su canto es suuu, cuando es tiempo de siembra. ( Singei indzwe dapae shushushu…)
Cuando la candela suena shushushu, se mata el tizón o se voltea dejando la parte encendida hacia afuera. Significa que va a haber cacería. Si suena chue, chue, chue, la cacería es gorda y habrá que prepararse para secar o ahumar.
Chuñumbi. (“pájaro ollero) su canto es:
chuñuchuñutshiritshiritshi…. y canta cuando los pescados comienzan a desovar.
Tuntunkhutse: su canto es tun-tun-tun-tun y en el misterio espiritual es a’ipa chhiriria “pájaro de los infieles”.
Alrededor del fuego y la toma surgen historias de vida de la comunidad cofán, pensamientos, sentimientos e historias tradicionales pertenecientes al universo del pueblo Cofán, donde las autoridades tradicionales… taita, abuelo o abuela, orientan sus vidas en la selva (Tsampi) amazónica colombiana

1. SELVA de Blanca Quesada Rocío

La selva que tenemos alrededor, que nos ama y abraza, la selva que nos conmueve y nos disculpa que crece a pesar del fuego y la ira, selva de recuerdos, sensaciones desaparecidas, sueños recorridos y dados por cumplidos, cuando de pronto un piélago de la tierra, un piélago en tu día hace la limpieza y comienza a brotar en otra rama, en otro puerto haciendo escalas en cada vida. 

2. SELVA Y SIMBIOSIS de Maria Victoria Santoyo Abril (*)

La canoa se desliza sobre la densidad luminosa y oscura, abriéndose camino entre balsas flotantes de plantas acuáticas y maravillosos nenúfares, hasta tocar una orilla camuflada entre ramas y troncos caídos, en esa danza de vida y muerte que es la selva. Al penetrar en esa matriz verde, las lanzas de luz se precipitan desde las copas gigantes de ceibas, caobas y hules, iluminan húmedos helechos prehistóricos, lianas, orquídeas de acuarela y rojos sanguíneos de flores carnosas.
La hojarasca favorece el mimetismo de insectos, lagartos, culebras y ranas. Bajo el dosel verdeante compiten por la luz guacamayas multicolores, monos chismosos, iguanas, mapaches, tapires… La respiración de la selva está hecha de susurros y silbidos. Es un palpitar de miles de seres en mágica simbiosis. En la farmacia de la selva los curanderos encuentran remedios para las enfermedades. ¿Tendremos la sabiduría para aprender de esa universidad desconocida, aún sin clasificar “científicamente”?
Siento que me sumerjo en ese magma vivo del que hago parte, con mis raíces, musgos y hongos que penetran en las profundidades del ciclo eterno de vida y muerte.
Se oyen, de repente, motosierras asesinas y llamas infernales que aniquilan toda esta vida pulsante, dejando a su paso áridos desiertos. Tengo sed. ¡Están pasando la aspiradora por la casa y han abierto las ventanas para que entre el sol en esta mañana de verano!

3. SELVA de Adriana Langtry

a Horacio Quiroga

Ríos verdes, aguas calientes. Mis ojos, dos camalotes llevados por la corriente. Sucio de fango estoy, hirviendo de fiebre. Mis manos son remolinos entorno a tus sinuosidades. Trepo por altos barrancos. Duermo en juncales podridos. Respiro tu olor a crepúsculo, tu negrura de esteros, tu vapor de diluvio. Cedros y yacarés, formol de hormigas y tábanos. Machete, duro machete quiebra tu cuerpo de lianas. Terciopelos de anacondas a remolcar las jangadas. Sudor de caňa y sequía. Furia de incendio y de hachas. Colmillos envenenados se disputan mis entrañas. Vorágine de alaridos, ceguera de sol sin rayos. Muerte que engendra y destierra. Corazón americano.

4. SELVA OSCURA de Silvia Zanetto

Ignoro cómo me encontré por esa selva oscura, ¡tan amarga que es poco más la muerte!
Tampoco sé si la selva donde me he extraviado yo es más salvaje, áspera y fuerte que aquella en la que se perdió Dante, confundido por el pecado y desesperadamente trastocado por el exilio que le infligieron. Yo también caí en el error, pero yo me exilié por mí misma.
Tenía un trabajo, una familia, un hogar… ahora el que fue el jardín de mi casa se ha convertido en una selva de malas hierbas y espinas que cubrirán de envidia mi antigua vivienda durante cien años, como el castillo de la bella durmiente. Pero fui yo la que forjé mi propia envidia.
Quizás la culpa de todo la tuvo la inconsciencia de querer hacerlo todo a mi manera, sin respeto alguno por los demás: la insensatez que me hizo elegir la vía a través de la selva, justo donde Caperucita encontró el lobo. Pero yo ya no era una niña.
O quizás fue el abandono, la locura ingrata del desamor la que me despistó hacía la selva donde Hansel y Gretel fueron atrapados por la bruja. Pero la madrastra malvada era yo.
Así que a mi grito “Miserere de mí” no va a contestar Virgilio, el maestro predilecto, con aspecto de espectro vagaroso. Ni me va a socorrer un Príncipe Azul de beso redentor, ni un cazador en busca de fieras a las que matar. Yo no saldré al monte, ni encontraré salvación alguna.
El sol se calla, la poca luz se esfuma a poco a poco. Oigo ruidos en la selva.
Puede que encuentre una pantera, un león y una loba.
La selva está cada vez más oscura.

5. SELVAS de Raffaella Bolletti

Dar pequeños paseos por la selva siempre le resultaba agradable. Se sentaba y contaba los árboles, los observaba, acariciaba sus troncos, cada uno con una piel diferente, como si fueran cuerpos. Le gustaba la mezcla de arbustos, plantas y hierbas, colores, los ruidos de los animales. Imaginaba que en la selva todas las plantas estaban en comunicación subterránea a través de las raíces, avisando a las plantas lejanas de lo que estaba pasando. A veces perdía el sentido del tiempo y, al cerrarse el cielo, la luz desaparecía poco a poco. Todo a su alrededor estaba en silencio, todo quieto, un poco espantoso. Había llegado el momento de regresar a casa, antes de que aparecieran las criaturas aterradoras con caras escalofriantes, barbillas puntiagudas, narices ganchudas de las que hablaban las leyendas. Sólo recuerdos, puesto que vive desde siempre en una ciudad, que a pesar de ser una selva gris, ruidosa, con sonidos que le molestan, donde no se oyen los chillidos de los animales, donde ni siquiera puede acariciar troncos cuando no le queda otra cosa por abrazar, nunca podría abandonar. Y entonces vuelve a pensar en los árboles y en sus raíces, quizás tengan realmente células similares a nuestras neuronas para comunicar señales mediante impulsos eléctricos, igual que nuestro cerebro, que ella se imagina como otra selva tropical con senderos impenetrables. Una selva de emociones conectadas por ramitas estrechas. Otra selva que tenemos que salvaguardar para sobrevivir.

6. SELVA PERDIDA, CAMBIO AL COMANDO de Graziella Boffini

—Hace miles de años vivían en la selva, pasaban todo el día tratando de quitarse las pulgas y los piojos de la cabeza, ayudándose mutuamente. Después comían, jugaban, follaban y por la noche, dormían. Después evolucionaron. En lugar de australopitecos, se hacen llamar sapiens al cuadrado. Ahora trabajan 12 horas diarias, pasan dos horas al día enlatados. Siempre están nerviosos. Han contaminado el mundo y están preparando la tercera guerra mundial.
—Pero, papá, ¿nosotros qué haremos?
—Tranquilo. No te preocupes, K. Tú y tus hermanos sobreviviréis, te lo prometo. Nosotros los escarabajos somos inmunes a las radiaciones, a la guerra nuclear. Sobreviviremos y finalmente nos tocará dominar el planeta tierra. Será bellísimo.

7. LA SELVA DEL DARIÉN de Luigi Chiesa

Antes de irse a la cama, Doña Aldonza siempre revisaba todo meticulosamente; la puerta cerrada, la perilla del gas bajada, las luces apagadas, el despertador puesto a las 7.
Por el sendero en medio del bosque del Darién apareció repentinamente una bestia feroz con cabeza de tigre y un cuerpo alienígena que se le iba a abalanzar. Detrás de ella había dos grupos armados de Narcos y FARC que se disparaban entre sí, no había salida. Lo único que había que hacer era saltar al río o unirse a la pandilla de los contrabandistas de “blanca” que estaba más cerca.
Desde siempre le hubiera gustado hacer un viaje de una vez en la vida, “in-a-Lifetime”, a la jungla, sin complicaciones y sin la comodidad de su hogar sumergiéndose en vistas increíbles con bosques inexplorados, y aunque mucho se hubiera contaminado y el bosque se hubiera convertido en secundario, habría sido hermoso.
Cruzar ríos que por el mal estado de la embarcación habrían podido ser experiencias realmente aterradoras. El senderismo-trekking “recompensa-rewards” increíble viendo animales salvajes y disfrutando de emociones extraordinariamente fascinantes.
Sólo consigo misma, esencial e increíblemente “remoto”, sintiéndose como si estuviera en el desierto con un teléfono móvil sin señal.
Cuando la encontraron por la mañana, parecía como si estuviera dormida; en la mesita de noche había tres pastillas; dos “Aspirinas” y una píldora azul  un poco rara, con tres letras iniciales ahuecadas de “Ele, Ese, De”.
En la mesita de noche en el libro el lápiz como marcapáginas indicaba la frase: “A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado…”

8. DESAMOR  SILVESTRE de Iris Menegoz

En un rincón de la selva africana, en la cima de un árbol rodeado por lianas, una pareja de chimpancés está sentada, uno junto a la otra.
El varón mira a la hembra con ojos fascinados y le habla al oído.
— ¡Hermosa, déjame acariciar tu cabellera color ocaso! Quiero ahogarme entre tus tetas peludas suaves come terciopelo. Daría mi vida entera para perderme en la selva oscura de los rizos negros de tu pubis.
— ¡Para… para… para… George! — corta la hembra balanceándose sobre una liana — Ya te lo dije, mi nombre es Cheeta, mi corazón pertenece únicamente a Tarzán. ¡Es el dueño de mi vida! Esta es mi historia y no la puedo cambiar.
— ¡Pero no tiene ni siquiera un pelo! — contesta George.
— ¡Nadie es perfecto! — repite Cheeta sonriendo.

9. LA SELVA de Jean Claude Fonder

Una palabra mágica, sin duda.
Ella me recuerda los temores de mi infancia,
escenifica el decorado mágico de mis primeras lecturas,
despierta las fábulas que pueblan mi memoria.

Una palabra mágica, les digo.
Las imágenes estallan en mi cabeza:
troncos oscuros alineados en la neblina, una verde alfombra que, a veces, vio teñirse de azul;
bronces, dorados, marrones, infinitas variaciones de colores que toman los árboles en otoño;
los caminos majestuosos como las catedrales cuando los abetos nevados bordean el camino solitario.

Magia musical, sobre todo.
¿Quién no conoce los temas románticos, oscuros y maravillosos de la música de Richard Wagner?
En el corazón del bosque de los orígenes, los dramas más angustiantes y los amores más locos nos sumergen:
La muerte de Siegfried, la Cabalgata de las valquirias, Tristán e Isolda…

Mágica, eso es seguro.

Dejen que les cuente lo que me ocurrió misteriosamente hace algunos días.
Esa noche me quedé dormido mientras pensaba cómo contar la selva. Las posibilidades se me presentaban infinitas.
Por la mañana, muy temprano, demasiado temprano, me desperté ansioso.
Tenía una cita con un tal “Van de Hoestijn”, el nombre está grabado en mi mente.
¿Quién puede ser? ¿En qué empresa trabaja? No lo sé.
Me vuelvo a dormir un momento, pero me despierto inmediatamente.
¿Por qué está cita? ¿Qué tengo que hacer? Una consulta, probablemente, era por trabajo.
Estoy hojeando mi agenda, veo que un poco después me espera otra cita, está subrayada, pero no puedo leer el nombre, está demasiado oscuro.
Me siento perdido, completamente desconcertado.

Estoy en la inmensa selva indescifrable de mi memoria.

10. LA LEY DE LA SELVA de Alan Émilio Suárez

Susan vive en la selva, en una de las mejores, según dicen. Susan ama vivir en la selva, porque sabe que allí encuentra todo lo que necesita, y porque, como todos saben, es una de las mejores selvas del mundo, y eso la enorgullece. Susan vive en el tronco vacío de un viejo árbol. Allí vive con Brisa, su pequeña hija de dos años. Cada mañana, antes de ir a su trabajo, pasa por donde su vecina Yolanda, a quien paga para que cuide de Brisa mientras ella no está. Susan es madre soltera, y trabaja recogiendo racimos de banano para enviarlos fuera de la selva, al gran desierto. De ese gran desierto llegaron alguna vez también sus jefes, y fue allí justamente, en ese desierto infinito, seco y estéril, donde el padre de Brisa se extinguió, sirviendo y luchando por los señores de las arenas.

En la selva de Susan cada vez hay más árboles de banano y menos flores, y cada vez más troncos vacíos, y también más madres solteras. Susan no tiene muchas opciones: es, o trabajar en la bananera, o no sobrevivir. Es la ley de la selva, la ley de la selva que ama, la ley del más fuerte.

Alguna vez un pajarito le habló a Susan sobre otra selva, muy distante de la suya, donde reinaba una ley distinta: allí no sobrevivían los más fuertes, los que vivían para sí mismos, sino los que mejor sabían vivir juntos, los unos para los otros. Pero deben ser habladurías, porque sus ojos, y también sus vecinos, le han dicho todo lo contrario.

Susan vive en una selva llamada ciudad, donde cada vez hay más troncos vacíos, donde cada individuo de su especie nace solo, y muere solo.

(*).. Micro ganador