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Estaba casi al final del viaje. A lo lejos ya se distinguía el Castillo.

Una fortificación medieval compuesta por varias edificaciones a las que se accedía pasando un arco en piedra de arenisca. Un pueblo, formado por el Palazzo de la Podesteria, la iglesia, el campanario y algunas casas, construido en la cumbre rocosa que dominaba el río Rossenna que dividía el pueblo de Gombola en dos partes. Un lugar perfecto para construir un castillo que fue el hogar de los Condes da Gomula, señores feudales de origen longobardo. También se distinguía la antigua iglesia dedicada a San Miguel Arcángel, donde se celebró el matrimonio de sus padres.
Finalmente llegó a destino, a esa pequeña y desconocida aldea de los Apeninos Emilianos. Aparcó el coche en el patio de la granja y se quedó un rato en el asiento del conductor observando la casa-torre, del final del siglo XIII, totalmente construida en piedra, que había pertenecido a sus antepasados, bisabuelos, abuelos y por fin dejada en herencia a sus primos y a ella misma. El antiguo portal original de la grande casa estaba cerrado, como las ventanas; la luz del sol bañando la fachada con el pórtico formado por una hilera de columnas de arenisca finamente talladas del siglo XVII.
De pequeña veraneaba con algunos primos en este caserón, que no le gustaba para nada. Ahora le parecía la casa más hermosa del pueblo. Al exterior todo parecía haberse quedado igual. Bajó del coche; el empleado de la agencia inmobiliaria estaba a punto de llegar. Pero antes deseaba echar un último vistazo, a solas, al interior de la casa. Entró, y cruzando el pórtico llegó al grande salón con la chimenea, la mesa grande de roble macizo y el aparador. Ya que nadie había vivido en la casa durante muchos años, algo había empezado a deteriorarse. En unos puntos las tejas viejas dejaban pasar agua de lluvia y en algunos tablones de madera del suelo antiguo se notaban huecos pequeños, que denotaban la falta de algunos trocitos.
Por el rabillo del ojo captó un movimiento en la pared, una araña grande y negra se alejaba hacia la puerta de la cocina que estaba abierta. De las criaturas que probablemente desde siempre vivían allí, insectos, abejas y también un murciélago, solo las arañas siempre le habían dado asco. La casa tenía tres pisos, y un enorme sótano donde estaban los viejos toneles de madera de roble que custodiaban el vino y una despensa fresca y cerrada donde el abuelo conservaba el jamón.
¿Subir hasta las habitaciones más arriba o bajar?
El silencio era aplastante, solo podía oír el siniestro crujido del suelo de madera, bajo sus pies. Se acordó de la inquietud que le provocaba este sonido cuando por la noche trataba de dormir, tras haber escuchado las leyendas, esas espantosas, que la abuela solía contar a los nietos. Subió al tercer piso y entró en la grande habitación, la que había compartido con su prima. Abrió la ventana, la que daba al pequeño río Rossenna, a las ruinas del castillo y a los viñedos; se asomó. Un fuerte aroma de uva madura llenaba el aire.
¡Imposible! Su imaginación le estaba jugando una broma. Nadie se ocupaba del viñedo desde hacía muchos años y la viña no tenía ni un racimo de uvas. Bajó al segundo piso y entró en la habitación que el tío abuelo materno, sacerdote en la comunidad de Módena, solía utilizar durante sus vacaciones. Desde su ventana se veía el otro caserón y más allá el principio de los bosques de encinas, robles, castaños, donde a veces paseaba con al abuelo en busca de hongos al final de verano, y donde teniendo suerte y guardando silencio se podía ver a zorros, jabalíes y faisanes.
Luego bajó a la taberna, en aquel lugar que aún olía a vino, que su abuelo consideraba precioso y del que estaba muy celoso. Incendió una bombilla que con su luz fantasmal iluminaba los recuerdos. Por supuesto el murciélago ya no estaba.

Y de repente… alguien estaba tocando la bocina.
Se había olvidado del empleado de la agencia inmobiliaria…

 

Raffaella Bolletti