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El sueño de Pablo Picasso (1931)

Tema: SUEÑO

1. ENTRE SUS MANOS COGÍA LA ÚLTIMA CARTA de Luis Ghiggo

¿… Es muy tarde para soñar?
Entre sus manos cogía la última carta… aquella apenas escrita. Nunca metía su firma, se decía a sí misma: para qué escribirlas si nunca se realizarán… nunca.
Mientras descifraba las palabras, el detective Santiesteban parecía observarla. Decidida a cumplir lo que anteriores ocasiones, según testimonios de sus conocidos, Marielene deseaba. Lo deseaba tanto… muchísimo. Escribía con una gran sonrisa en boca, por extraño que parezca, así lo imagino.
Con 23 años se encontraba durmiendo y en su última mueca inefable, se le notaba la felicidad. Un sueño que no le permitiría nunca despertar, pero no quedaba otra… demasiadas pastillas, demasiados letargos, eso ya no era vida. No para ella que recién salía de la universidad, para aquella joven mujer que seguía la lista de su diario “cosas para realizar antes de los 30”.
Santiesteban lo entendió, no era un homicidio. Y esto era más cruel, los s… lo afectaban puesto que no había ningún culpable que atrapar. Pero esta vez era diferente, la última carta de Marielene decía:
“No se culpen ni busquen explicación. Fui yo misma, que quise soñar… allá donde queda la duda si hay vida después de la muerte. Y prefiero arriesgarme para seguir cumpliendo un sueño que sin duda con los ojos abiertos y el corazón latiendo nunca podré.
—¡Detective! la difunta padecía un mal incurable. —Le dijo el recepcionista que había descubierto el cuerpo, al ir a dejarle un telegrama del doctor.
Santiesteban recibió el telegrama, y no lo abrió por respeto a Marielene. Si lo hubiera abierto… si lo hubiera hecho. Fue mejor no hacerlo.
“Querida Marilena, después de tantos tratamientos te puedo asegurar que los resultados salieron negativos. Un fuerte abrazo”
Dr. Mejia…

2. INFILTRADO de Iris Menegoz (*)

¿Cómo te atreves a seguir apareciendo en mis sueños?
¿Cómo puedes obligarme, después de cuarenta años, a recordar tu cara desdeñosa y sonriente?
Tú que masticaste mi juventud y la escupiste como un viejo chicle.
!Déjame en paz!
Déjame luchar con mis nuevos fantasmas, con mis noches interminables, con mis pastillas, con los gatitos que en mi sueños se mueren de hambre y que ahora sé que no es por mi culpa.
Veo la luz al final della cueva.
¡Ojalá que mi oscuro sendero se haya terminado!
El invierno se acerca, lo sé. Pero ahora tengo un abrigo que me defenderá de las intemperies futuras.
No sé si estás muerto o sigues vivo, no sé cuánto rencor te guardo, pero sé que no te aguanto más en mis sueños.
¡Por favor, cabrón, vete a la mierda!

3. SUEÑOS de Leda Negri (*)

No tengo más sueños porque no tengo más tiempo para realizarlos.
Cuando era joven soñaba con mis compañeros, escuchando la canción de John Lennon, “Imagine all the people, living life in peace”, que un día habría sido así. Desafortunadamente ahora sé que no ocurrirá nunca que todo el mundo viva en paz.
Estoy muy cansada, enfadada y lloro cuando veo que siempre hay guerras, muertos, niños hambrientos, mujeres violadas, dictaturas y fundamentalismo, no hemos aprendido nada y seguimos por el  mismo camino.
En mi vida  he visto la realización de algunos de mi sueños, estoy rodeada de mucho cariño, pero ahora vivo al día, he abandonado la esperanza de un mundo mejor, y veo un futuro muy incierto del que ya no formaré parte, me parece haber hecho muy poco en esta vida.
Esperamos que haya otra.

4. SUEÑO de Gloria Rolfo

Barbara tenía un sueño che le parecía imposible. Ella escribía poesías y le hubiera gustado mucho poderlas publicar, pero era tímida y no creía en sí misma; sabía que no tendría jamás el coraje de presentarlas a un editor. Escribió las poesías durante los dos últimos años del liceo y en los primeros años de Universidad. A continuación, los exámenes para graduarse, la graduación en ruso y en alemán, el trabajo en la Editorial Abril donde conoció a Mario su marido, el casamiento, el nacimiento primero de sus dos hijas Martina y Laura y después de Javier y así los dos cuadernos de poesía terminaron olvidados en un cajón de la cómoda. Mientras se mudaban, Barbara encontró los cuadernos pero prefirió ponerlos en las cosas de tirar a la basura, pensó que era inútil llevarlos a la casa nueva. Su marido vio entre las cosa de tirar el cuaderno lo abrió y se dio cuenta que eran hermosas y que merecían ser publicadas. Bárbara, el día de su cumpleaños encontró entre otros regalos un libro con sus poesías publicadas y mientras lloraba por la emoción se dio cuenta que algunas veces los sueños pueden convertirse en realidad.

5. ESCENA ONÍRICA de Adriana Langtry (*)

La joven encuentra por la calle a su ex-marido. Besos y abrazos. Han pasado unos años del divorcio. No han quedado rencores y el antiguo dolor se diluyó en el olvido. Deciden ir a tomar una copa juntos. Sentados frente a frente inician a charlar en modo ameno cuando, sin más ni más, él le propone volver a vivir juntos.

Ella se queda atónita. Un cosquilleo de incomodidad recorre su cuerpo. No te acuerdas, le dice, que lo hemos intentado ya varias veces y que nunca funcionó. Apenas termina de pronunciar estas palabras el hombre, como por arte de magia, se ha convertido en un perro. Un hermoso collie de pelo blanco. La mujer no sale del asombro. Todos saben lo mucho que ella ama a los perros; por otro lado, el animal, coleando y dando vueltas alrededor de sus piernas, parece corresponderle.

Cada vez más molesta la mujer echa un vistazo en torno suyo. Nadie parece haber notado la transformación de su ex-marido. Aprovecha, se pone de pie, ha decidido irse. Pero también el perro se yergue sobre las patas traseras y, con la lengua afuera, trata de apoyar las anteriores sobre los hombros de su ex-mujer. Un perro feliz, se diría, como lo son los perros cuando sus dueños vuelven de una larga ausencia.

Un sofoco de irritación invade ahora a la joven. Afloran antiguos dolores y una humareda de rencor la envuelve como hielo seco. Recoge veloz sus cosas. Mas cuando está por salir del bar siente que el collie, rozándole la falda, la sigue sumiso. ¿Qué hago con este estorbo? se pregunta desconsolada ¿cómo me lo saco de encima? Y mientras sale a la calle refunfuña entre dientes, me falta sólo terminar denunciada por abandono a la sociedad protectora de animales.

6. SUEÑO UN SUEÑO QUE SUEÑO de Olmo Guillermo Liévano (*)

De nuevo sueño un sueño que sueño repetidas veces y vuelvo a soñarlo como si fueran recuerdos que alguna vez tuve. Retazos gigantescos, pedazos de vida olvidados por completo, construcciones inconclusas. Creo despertar o volver a hacerlo en noches empapadas de sudor. Ya no sé si también hacen parte de uno o varios sueños amontonados que tampoco controlar no puedo.
Raíces de gigantescos árboles son arrasadas por soles que penetran en resquicios de las puertas de cuanta casa campesina encuentra. Siento reseca mi garganta, mis pies por siglos de cansancios tan trillados, quiero hartar mi sed, me detengo frente a una de color muy blanco, casi transparente y entro.
Cantidades de personas olorosas a hierba fresca, chirimoyas maduras me reciben y abrazan fuerte como si fuésemos allegados del pasado y estuvieran esperando que yo llegara… trato de atrapar recuerdos, rostros, gestos, voces, ojos, pero un jamás trepa, crece y hondo me apuñalan. (Quizás nos encontramos en un sueño donde yo sueño con ellos y ellos conmigo.)
Serpientes entrelazadas dibujan un círculo. Dos cuerpos desnudos, una mujer y un hombre yacen adentro, acostados sobre un gigantesco espejo. Me acerco, observo y descubro que son dos recién nacidos. Me reconozco en uno de ellos. De los ojos de la hembrita titilan precipicios y caben en la cuenca de los míos. Hechizado, me canta con la voz más dulce de la bebé más anciana que jamás después ni antes existiera.

—“Amamos el viento…el agua…y el fuego vigoroso de la tierra mamma”. 

Virginales voces de los concurrentes al nupcial festejo, responden con el mismo canto de ella e invaden el círculo. Con mi última primera bocanada de aire, balbuceo-grito-canto muy agudo les contesto.
Vórtices sin soles, tiempo, ni control me jalan, empujan, me apuran al regreso a punto de vivir, otra vez muero.

7. DENTRO DEL SUEÑO de Raffaella Bolletti

La voz llegaba con el viento, mezclada al ruido ensordecedor de las olas enfurecidas que azotaban el acantilado. Había corrido hacia el sendero que rodeando las rocas llevaba al faro blanco y rojo. Subiendo a toda prisa la escalera de caracol había llegado a la parte más alta del faro, hasta el balconcillo de la linterna, donde esperaba sentirse a salvo. La voz seguía llamándola y parecía acercarse. Unas gotas de hielo en el corazón le pararon la respiración. Durante algunos segundos se encerró dentro de sí misma y, ya flotando dentro de un sueño, en el intento de huir de la voz que la asustaba, siguió dentro de otro y soñó con tener la fuerza de esas aves migratorias que dan la vuelta al mundo, pero no tenía alas; soñó con ser una de esas maravillosas criaturas que nadan con movimientos lentos entre bosques de algas o se esconden entre rocas coralinas, pero nunca había aprendido a nadar. Se veía a sí misma dentro del sueño, gritando “¡DESPIERTA!”, “¡DESPIERTA!”, pero no podía marcharse sin acabar con esa voz, tenía que dar con ella. Entonces abrió la puertecilla y descubrió que la voz pertenecía a un hombre que le sonreía y la miraba con sus ojos profundos como la noche. Era él, aquel hombre era él. Decidió entonces disfrutar del sueño, lo abrazó fuerte y lo besó como si todo fuera real, como lo fue en un pasado. Finalmente se quedó tranquila, la voz estaba allí, donde, por desesperación, ella soñaba que estuviera.

8. EL DESPERTAR de Luigi Chiesa

Al abrir la ventana, delante de mí apareció una metrópoli fantástica, bellísima; una brisa de aire limpio y vigorizante me envolvía todo el cuerpo. Los cochecitos desfilaban despacio dando palmas a la gente que cruzaba la calle, como maquinitas sumisas por la gran ciudad. Había un silencio irreal, una paz sobrenatural aleteaba por el cielo, se oían sólo gritos de alegría y cantos de jovencitos tarareando.
Todos andaban con lentitud, desprendiendo una serenidad como si fuera un campo magnético sumamente fuerte y alusivo. Amplias zonas de césped con árboles frondosos de sombra, eran lugares para descansar hablando gustosamente con los demás, y reflexionar consigo mismo. Algunos montaban en bicicleta y reían felices como niños con zapatos nuevos.
Me quedé todo el día mirando la película que se desarrollaba sobre el escenario delante de mi azotea. A lo lejos, una bifurcación en el camino, a las afueras del pueblo al anochecer, un señor bajó de su carrito de tracción eléctrica, besando a una señora mayor minusválida con silla de ruedas en el paso de cebra.
—¿Dónde estoy? —me pregunté — ¿En un paraíso artificial? — Tengo que sacar una foto antes de que desaparezca todo como una pompa de jabón.
De repente, una voz amortiguada repetía en mis orejas: — las seis menos cuarto…las seis menos cuarto… — era el radio despertador.
El sueño imposible se convirtió en una pesadilla.
Mirando a través de los ojos entreabiertos, por las gotas de agua que se deslizaban por la ventana, me di cuenta de que estaba lloviendo.

9. EL BOLERO de Jean Claude Fonder

Cuando me despierto, hay una melena negra a mi lado. No puede ser mi esposa, a menos que sea una peluca.
Y lo es. Se me queda en las manos cuando quiero asegurarme. El hombre que la lleva se levanta de repente, recupera el peluquín y se disculpa. Está en calzoncillos, demasiado grande para su delgadez blanquecina y peluda. 
Lo veo de nuevo en medio de la escena vacía, sentado y concentrado en su instrumento. Todavía está en calzoncillos, pero está vestido con un cuello falso, la parte delantera de una camisa y una pajarita, todo en blanco, como lo que algunos llevan debajo del hábito de ceremonia. También lleva una peluca negra que está toda despeinada.
Ante él un tambor. El músico sostiene los dos palillos suspendidos en espera, cerca del borde superior de la caja. De repente, un primer redoble apenas audible, aparece el director en el podio, con el mismo atuendo, pero mucho más atractivo. Marca el compás, y el tambor lo sigue en la oscuridad.
La flauta y su instrumentista aparecen entonces para lanzar el primer tema, muy erótico. Él también está vestido de esa manera extraña. Con el segundo tema, el clarinete toma el relevo, una mujer lo toca, su color es aún más redondo y sensual, la música apenas vestida con sus bragas, lleva un collar suntuoso que cubre en parte su pecho. El tambor sigue redoblando obstinadamente cada vez más fuerte y los músicos, cada vez más numerosos, alternan y combinan los instrumentos para conseguir sonoridades cada vez más ricas y cautivadoras. 
El tambor ahora está desencadenado, la orquesta está completa. Tocan el disonante y delirante final: una copulación musical de los instrumentos … y de sus intérpretes.

No quería, pero me desperté.

10. EL SUEÑO MUSICAL de Maria Victoria Santoyo Abril

Resbalaba a lo largo del túnel, hasta llegar a una gruta con cascadas musicales y reflejos minerales parpadeantes. Serpenteaban caminos en todas las direcciones y las estalactitas goteaban como ubres grávidas de leche lunar. Siguiendo la corriente del arroyo con cangrejos tímidos, percibí una ráfaga suave conducía hacia la salida del laberinto. De pronto, me encontré caminando por un valle desierto, punteado sólo por arbustos cenicientos.
Una bandada de pájaros rompió el paisaje inmóvil y cruzó el cielo como flecha silenciosa indicando el camino a seguir. La meta ignota debía de estar indicada por esa música leve sofocada por la distancia. A medida que oscurecía, la música se percibía con mayor intensidad.
Una casa, ventanas iluminadas y música de orquesta. ¡El Bolero de Ravel!
Por la ventana se veían los instrumentos que tocaban…. Solos.
Tensas cuerdas, vibrantes membranas, varas, válvulas y pistones se movían en aquella fantasmal orquesta, hasta que un platillo me despertó…

11. UNA SERENA PESADILLA de Graziella Boffini

Es un día de sol limpio y claro, evento rarísimo en Milán, tan raro que no estamos acostumbrados, y lo consideramos presagio de desaventura asegurada, como cuando desaparezcan los insectos, normalmente molestos pero que si se extinguieran, su extinción iríaa en paralelo con la de nuestra especie.
Estamos en el centro diagnóstico de vía Washington, no existe un centro diagnóstico en vía Washington, zona demasiada de lujo, no apta para nosotros del Giambellino; el verdadero está en vía Saint Bon, cerca de la jerárquica cárcel de los militares, pero dejémoslo, eso pertenecería a la realidad.
Tengo unos cuatro años, yo siempre alta y deportiva (hoy soy más pequeña de lo normal), vestida con una nube de tul blanco y sintético como una esposa niña india de la periferia. Entramos en el centro diagnóstico de lujo y estamos en la planta baja, tenemos que subir al segundo o al cuarto o al tercero, no sé, pero arriba. Voy de la mano de mi madre, en la otra mano sujeto una muñeca estilo recién nacido, más elegante que yo, con su mentirosa sonrisa eterna de plástico. Ella, mi madre no la muñeca, se enfada porque sus tacones altos no quieren subir por los escalones y llama al ascensor. Tiene un enorme botón negro y doble puerta de caja fuerte estilo caja fuerte de banco.
Llega metálicamente  el ascensor más grande del mundo y yo entro pero entro sola, sin mi madre: yo y mi aterrorizada muñeca. Es tan grande que no hace falta el espejo estratégico que siempre ponen los arquitectos para doblar el ambiente, a la manera de Borges.
El ascensor no sube, sino baja hacia los intestinos bulímicos del centro diagnóstico.
Se abren las puertas y dos perros de dimensiones inmensamente incómodas ladran con la voz de todos los barítonos desempleados.
Todos está oscuro, menos los dientes caninos de los perros.

No sé cómo, pero al fin logro subir.
Pero he perdido mi muñeca.
Perdida para siempre.
Además he perdido a mi madre.

12. EL SUEÑO DE ALBERTO de Silvia Zanetto

Alberto se arrastró hasta el espejo. Un grito le murió en la garganta: la imagen ya no reflejaba un joven atractivo, sino un viejo de piel térrea, pelo ralo y gris. 
De repente sus ojos oscuros se engrandecieron y el espejo entero se convirtió en un agujero negro, desde cuyo fondo apareció Mónica. “Mira lo que hiciste” lloraba la chica, sin ya un aliento de amor en los ojos destrozados de rabia. “¡Todo fue por tu culpa!” chilló. Luego empezó a dar vueltas sobre sí misma, se convirtió en una araña negra con ojos de gato verde, se evaporó.
Alberto quería pedir ayuda, huir, pero una fuerza inexplicable lo atraía otra vez hacia el espejo, desde el que se asomó la cara tumefacta de Marcos. Al que había sido su mejor amigo le faltaban el brazo y la pierna izquierda, todo su cuerpo estaba sangriento, los labios y los ojos hinchados. “No viniste a verme a la morgue, Alberto… ¿Acaso tenías miedo de que hablara?”
“No tenía miedo. Es que…”
“¡Es que yo no me habría muerto, si no hubiera salido del bar fuera de mí, porque me habías arrebatado a Mónica! La borrachera, el frenazo, el golpe, el accidente… ¡todo por tu culpa!”
Ahora el rostro de Alberto tenía un sinfín de pequeñas arrugas, el pelo completamente blanco. Percibió el olor de su muerte. “He venido a recogerte” dijo Marcos, con una sonrisa de polvo.
Decenas de personas encapuchadas de negro participaban en su entierro. Alberto quería verlas, pero cuando se quitaron la capucha todas eran Marcos.
De repente se dio cuenta de que eso no podía ser verdad, de que era una pesadilla, y quiso despertarse.

Cuando su madre subió al cuarto para llamarlo, de Alberto solo quedaba un montoncito de ceniza sobre la alfombrilla del baño.

13. MI MEJOR SUEÑO de Luis Alberto Prado

Y ahí estaba danzando la zarabanda con mágicos pasos, mi algarabía brotaba delirio y al público iba enamorando. Las palmas no se hacían esperar porque cada paso era nupcial.
Michael Jackson, Fred Astaire y Gene Kelly todos juntos en mis suntuosos momentos parecían despertar.
Contagiado con la sonrisa de mi abuelo y los brillantes ojos de mi madre que prácticamente era la luz que iluminaba toda mi felicidad, porque bailando era el mejor y de aquel concurso salí ganador.
Mi compañera de baile con una lasitud persuasiva y su mirada perdida endulzaba aún más mi emoción… y ahí estaba yo, era el centro de atracción.
Tal vez no fue el mejor pero si uno de los más sublimes sueños que lo recuerdo como si fuera hoy, porque lamentablemente nací con dos pies izquierdos y si cada vez al bailar no tropiezo, solo lo sabe Dios; por eso es que guardo con añoranza este bendito sueño aunque cada día se disipan mis esperanzas e ilusiones de vez en cuando aún me veo danzando, aún soy yo aplaudido y volando en mi imaginación; amado por el tiempo y amado por vos.

(*).. Micro ganador