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Henri Cartier-Bresson Hyères, France


Tema: TRAVESURAS


1. LA TRAVESURA de Jean Claude Fonder

Daniel desplegó con atención el pequeño billete cuidadosamente plegado en cuatro. Era una hoja cuadriculada sacada de un cuaderno escolar como los que todos teníamos. Estaba escrito a lápiz con letras mayúsculas ligeramente temblorosas: 

“TE QUIERO”.

Se volvió hacia Rosina que estaba sentada dos hileras detrás de él. Era su amor secreto, no se lo había contado a nadie. Le gustaba desde hacía mucho tiempo, adoraba su sonrisa ancha y franca, su pelo con un corte a lo garçon, su tez dorada y sus grandes ojos, brillantes como dos diamantes negros. Como siempre, ella no le prestó ninguna atención.
Durante el recreo, se precipitó hacia ella. Estaba en medio de sus amigas. Quiso darle un beso en la mejilla, pero elle lo rechazó con un mohín disgustado.
—¿Qué te crees, grosero personaje?
Daniel la miró sin decir una palabra, retrocediendo despacio. Cuando dos gruesas lágrimas brotaron, se volvió y se escapó corriendo.
En clase trató de esconder su desesperación, pero en vano, la profesora le preguntó despacio:
—¿Qué pasa Daniel? ¿Por qué lloras?
No respondió, negó con la cabeza, y enjugó sus lágrimas. Lo sabía ahora, uno o varios de sus compañeros habían descubierto su secreto y, despiadados, habían jugado con sus sentimientos. Debería conformarse con eso.
El día siguiente cuando llegó a la escuela, Rosina le esperaba con su madre a la entrada.
—Mamá, te presento a Daniel, es mi mejor amigo. —dijo a su madre, y  le besó.  

2. LA MUCHACHA MALA TRAVIESA de Luigi Chiesa

Siempre a la misma hora, a las cinco de la tarde, en la esquina del barrio se ponía la mujer que llamaban la “travesura”. Iba recorriendo la acera muchas veces esperando el vaivén de los clientes, pero ese era un día flojo y a ella le gustaba mucho hacer travesuras. Como tenía un revolver en su bolso, quería gastar una broma a un hombre para asustarlo, hacer algo atrevido, contundente. Se acercó al que le pareció el más anónimo, un poco feo y bajito y empezó a contarle su propia y triste vida, hasta cuando tuvo que aceptar este nuevo trabajo, una ruta empedrada de fallos y sucias tristezas. El señor se ponía cada vez más y más contento. Tan feliz y contento que no se daba cuenta de lo cerca que estaba la mujer y de cómo ella se relamía de gusto por la travesura que quería hacer.
—Todo lo que me has contado está muy bien, pero ¿a qué te dedicas exactamente?
En ese momento la traviesa se abalanzó hacia él sacando la pistola y gritó:
—¡A disparar a cabrones como tú!
El hombre reaccionó de repente con un cuchillo y lo hundió en el cuerpo de la muchacha; estaba muriendo, pero el arma de la puta mala no tenía una bala en la recámara; el que ríe último, ríe mejor.

3. TRAVESURAS de Silvia Zanetto

—¡Ya estoy cansado de esas travesuras de niña mimada!  
Mateo abrió la maleta de un golpe.
Con el plantón en la estación Laura se había pasado: lo había dejado más de dos horas en el andén, buscando su sombrero rojo y sus labios pintados de carmín, mientras el ramo de flores se le secaba entre las manos. 
-Ya está.
Guardó en la maleta un chandal. ¡Cuánto se había empeñado ella para que fueran al gimnasio juntos dos veces por semana, y ¡qué poco había tardado en cansarse!   
Dos pares de vaqueros. Cuatro camisas. No tenía mucho que llevarse: casi todo el armario estaba repleto de la ropa de ella, comprada por capricho y a veces ni estrenada. 
Tenía todo el tiempo: Laura había salido de compras con sus amigas, como todos los sábados, y tardaría mucho en volver… 
Una decena de libros, el ordenador, un par de CDs. Pocas cosas. 
Demoró un instante frente a una foto enmarcada: ella tan hermosamente despeinada, su sonrisa maliciosa y su mirada huidiza, él como desteñido a su lado. Quitó la foto y dejó el marco.
Cerró la maleta e inspeccionó todo el piso, por si se había olvidado algo. Nada.

Una llave giró en la cerradura y la puerta se abrió. 
Laura le dirigió una mirada irónica.  
—¿Otra vez con eso, Mateo? 
—¿Has vuelto ya? 
Ella ignoró la pregunta:
—¿Hoy también has hecho la maleta? Mira que ¡estoy cansada de esas travesuras de niño mimado!

4. TRAVESURA NOCTURNA de Iris Menegoz (*).

En los años 50/60 mi papá trabajaba en el cine. En el cine Manzoni de Milán. Era el encargado de la calefacción. Trabajaba hasta la medianoche.
En aquellos años su medio de transporte era una vieja bicicleta que llevaba sobre el portaequipajes una caja de madera como las que se utilizan para contener fruta y verdura.
Era una fría noche de invierno. Papá llevaba puesto su típico uniforme invernal. Un viejo anorak de piel negra, herencia de un soldado alemán de la última guerra, un gorro y una bufanda hecha a mano por mi mamá que dejaban descubiertos solo los ojos. Aquella noche fatal el contenido de la caja era bastante voluminoso, tapado por una manta de color indefinible.
Pedaleaba tranquillo a lo largo de corso Venezia cuando un guardia municipal, parado con su bicicleta en un semáforo, gritó.
—¡Hombre! ¿qué tienes ahí? —Señalando la caja sospechosa.
Mi papá, pretendiendo no haber oído, aceleró su pedalada. La guardia montó sobre su bicicleta y se lanzó a perseguirlo.
Papá, rey de la noche, gran ciclista, rebelde, anarquista, alérgico a todos los uniformes que mandan, tomó aquella orden como un desafío y corrió con todas sus fuerzas a lo largo de corso Venezia y corso Buenos Aires.
El pobre municipal no lograba alcanzarlo. Papá volaba como un águila. En la esquina de corso Buenos Aires y via Spontini, donde estaba nuestra casa, papá se paró esperando al municipal que llegó jadeando y, con voz furiosa, preguntó:
—¡Muéstrame ahora mismo lo que ocultas en la maldita caja!
Mi papá, gran actor, maestro en tomar el pelo, quitó la manta, y con voz inocente dijo.
-¡Como ve señor guardia municipal, son trozos de madera para la estufa de mi familia!
La historia  terminó en comisaría. Papá regreso cuando ya amanecía.
A mi mamá, muerta de ansiedad, dijo sonriendo.
-!Vaya, mujer, tu marido aún tiene buenas piernas!

5. TRAVESURAS DEL PASADO de Raffaella Bolletti

No fue fácil para mí, tu gemelo dentro del útero de mamá, siempre pateándome mientras intentaba dormir. Tú una recién nacida gordita y rosada, yo un bebe delgaducho y blanquecino. Tú mamando con fuerza del pecho de mamá, dejando poca leche para mí, tu hermanito. Crecimos juntos, tú habladora, mentirosa, tramposa, fría, con tu deseo intenso de explorar, de buscar, lo conseguías todo con destreza e ingenio. Yo viví el infierno aguantando tus travesuras en el colegio donde dejabas mensajes muy ofensivos para algunas compañeras en mi nombre, o me ponías en ridículo en público, o me pintabas como un varón aislado, como un botón mal abrochado que solo se sostiene gracias a su melliza. Tus travesuras parecían muñequitas rusas, unas dentro de otras, y a pesar de ser consciente de que lo que sucede a cualquiera de ellas afecta a las demás, seguiste actuando con malicia y transgresión, y yo seguía pensando en lo mucho que te quería, hasta que el diablito travieso que había permanecido en la oscuridad de tu alma se fue, dejándote poderosa y tierna.

6. LA TRAVESURA SENIL de Higinio Rodríguez

Las hojas marchitas del otoño caían alrededor del anciano Umberto. Caminando por la acera, media los pasos con calma, meditando. Su semblante vehemente fijaba la atención en los transeúntes que no reparaban en su delicado vaivén. Se detuvo en un portal para darse un respiro. 
Un joven, con su mochila de colores saturados y con sus gafas de inocente observación, pasaba en la inopia por la vía. Se detiene al escuchar un gemido. 
—¿Necesita algo señor?— Pregunta el joven al ver su piel húmeda y fría. 

Umberto, con la respiración agitada y con una humilde sonrisa le dice —Sí, hombre. ¿Puedes tocar al segundo “A”?— El joven solícito toca al interfono. Umberto inesperadamente y sin mediar palabra, renueva la marcha con un ritmo vivaz. 
El joven lo ve marcharse congelado, sin entender nada. — Disculpe señor, ¿Ahora qué hacemos?— Pregunta atónito. —¡Ahora corre inconsciente, corre!—. 

7. LÉXICO de Graziella Boffini

“¿Cómo se dice a una mujer que se le murió el marido?”
“Viuda.
Viudo, por el contrario si se trata de un hombre al cual se le murió la mujer.”
“Ah.
Y, ¿cómo se dice a un niño a que se le muere la mamá?”

“Huérfano, o huérfana si se trata de una niña.”

“¿Y cómo se dice a una mamá que se le muere un niño?”

No hay una palabra para eso.
No hay una palabra, ni en el diccionario ni en el corazón.

Es un dolor profundo, espeso, cuadrado, sólido, inmenso, interminable, negro.

No, no hay palabras para eso.

8. LECCIÓN DE TEATRO de Olmo Guillermo Liévano

—He planeado una travesura macabra …Yo me hago el muerto y usted me ayuda. —Me propuso entusiasmado.
Planeamos todo al detalle. Localizamos la funeraria y con generosas dádivas y mucha labia, convencimos al portero nocturno.
—Métase en el ataúd mientras informo a los que más pueda. –le solicité apurado. —Sí, pero estoy nervioso…el cuento de la muerte, a la hora de la verdad no es cualquier cosa…
—Lo acomodamos en medio de electrizantes carcajadas, por lo cómico y trágico del momento… los ojos desorbitados del portero cómplice y la compañía de otros cuerpos verdaderamente muertos.
—Atornillen la tapa, que no se abra. Que nadie se acerque tanto y descubra algo… —Pidió suplicante.
Salí volando para anunciar su muerte y volver antes del cambio de turno al amanecer. De nuevo en la funeraria, me encontré con tantos y otros que yo no había avisado, la voz como un eco rápido se había multiplicado. Parecía una manifestación de conocidos… Me abrí paso deshaciendo abrazos, sentidos pésames, rezos, cuchicheos, lamentos y la consabida frase “tan buena persona que era”… Abrí la ventanilla pequeña para rápido guiñarle un ojo a través del vidrio… felicitarlo por el espectáculo teatral que había armado.
Aterrado, vi su rostro ya morado… seguramente se había ahogado… A gritos pedí ayuda. Lo sacamos en medio de la sorpresa y el escándalo, al hospital más cercano. Nadie comprendía nada…
Luego, se fue aclarando todo… El atolondrado celador decidió cerrar las puertas esperando mi regreso…Dos horas después, tanta gente esperando, lo obligaron a abrirlas…
Mientras tanto Juanbé, inmóvil, sofocado y encerrado, desesperado dio alaridos pidiendo auxilio… golpeó las paredes, sangraron sus manos… se estaba ahogando… Nadie oyó nada…Ya asfixiado, se derrumbó privado.
—Lo trajeron apenas a tiempo… —Concluyeron los médicos.
Y Juanbé, quedó curado. Juró jamás intentar otra travesura.

9. TRAVESURAS de Gloria Rolfo

Anita era una niña muy traviesa no conseguía obedecer. Una tarde que su madre había salido y ella estaba sola en casa decidió que quería hacer una tarta aunque sabía que era mejor si esperaba que volviera su madre. Apenas sacó los huevos, dos se rompieron y cayeron ensuciando el suelo que se volvió resbaladizo, Anita se dijo que después limpiaría; agarró la harina,  mitad de la cual terminó en el suelo; entonces pensó que era mejor si limpiaba pero resbaló y se hizo daño, tanto que no se podía levantar. Cuando volvió la madre se preocupó sobre todo por ella después de limpiar todo el desastre. El castigo de Anita fue lavar los platos después de almorzar y de cenar durante un mes. A pesar de lo cual, Anita no cambio, siguió siendo una niña muy traviesa. 

(*).. Micro ganador