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Antonietta Brandeis (1848 – 1926) Palazzo Albrizzi

El agua oscura del canal brillaba como un diamante negro, el paquete oblongo y cuidadosamente atado pasó suavemente por la borda y sin el menor ruido fue como tragado por un monstruo lagunar. La góndola se alejó rápidamente y desapareció en el laberinto de los pequeños canales.

Mattia hacía brillar la madera y las guarniciones de su góndola, cantando en voz baja la Barcarola que entonaría por la tarde para los turistas embarcados en las góndolas de su grupo. Un sol gris apenas traspasaba la ligera niebla y bañaba los palacios y las casas del Campo con una luz tamizada como para pintar una acuarela. Venecia en invierno era un encanto, lejos de las multitudes invasoras, de los colores agresivos y de los ruidos incoherentes, volvía a encontrar su belleza tranquila, su eterna dulzura de vivir.

Mattia estrenaba su primera góndola. Lo había soñado desde el día en que su padre, gondolero también, le había hecho subir delante de él sobre la popa de su góndola y le había puesto en mano el largo remo que, apoyado mágicamente sobre la forcola, daba a esta barca asimétrica y larga 11 metros una agilidad insospechada. El aprendizaje había sido largo, la escuela, la pasantía, y finalmente el interminable período como sustituto de su padre le había permitido comprar la suya, su góndola. Y ahora la tenía ahí, delante, hermosa como una dama negra con su dolfin gris y sus fregi dorados y resplandecientes.

Otra góndola sin decoración y poco cuidada rozó entonces su embarcación como para ofrecer un contraste llamativo. Mattia observó que los asientos reservados para los pasajeros estaban cubiertos por una lona. Estaba mal atada y se podía vislumbrar un extraño objeto empaquetado que podría tener la forma de un cuerpo humano. Mattia despegó las amarras, saltó sobre su góndola y se puso a seguir al otro barco que conducía un extraño personaje: un gondolero vestido de negro que llevaba una máscara Bauta tradicional y un tricornio inquietante.

Cuando la vio huir por los pequeños canales se lanzó en su persecución, una persecución a la James Bond, pero en góndola. El remo revoloteaba en la forcola, aceleraba, frenaba; la góndola giraba de un canal a otro rozando los muros, y luego salía de nuevo a toda velocidad como si tuviera un verdadero motor. A lo lejos oía a sus compañeros que cantaban la Barcarola, rápidamente, como si quisieran acelerar el ritmo del remo.

De repente desembocó al gran canal cerca del Rialto, y hubo un trueno de aplausos para acogerlo.

 Jean Claude Fonder