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Hipólito y Fedra, obra realizada por Pierre-Narcisse Guérin en 1802

Su madre la había llamado Fedra.
—¿Por qué? —me preguntarán ustedes.
Podría contestarles que fue pasión por la tragedia griega, pero la verdad es que no lo sé.
Cuando la chica se convirtió en adolescente descubrió, no sin miedo, todo el peso de este nombre. Decidió que nadie controlaría su destino. Casarse, vivir una historia de amor, en el siglo XXI, era algo antiguado. Tendría los amantes que elegiría, guapos, quizás ricos, y ella se dedicaría a una carrera que veía prometedora. Trabajaba en el campo de la moda.
Tengo que decirles que, desde el punto de vista estético, no era perfecta. No muy grande, con poco pecho y ancha de caderas, tallada para dar a luz a muchos niños. Sin embargo, tenía una sonrisa hermosa y sabía cómo aprovecharse de todos los recursos que la moda y la cosmética moderna ponían a su disposición. Milo Manara no habría creado mejor personaje.
Charles fue el primero, un tipo guapo, sus amigas estaban celosas, pero todavía era un estudiante, con su vida y su carrera ante él y Fedra no quería esperar.
Unos meses más tarde le tocó el turno a Claude, un cirujano, profesión prestigiosa que garantizaba un buen nivel de vida, sobre todo cuando se tenía una larga experiencia. A Claude no le faltaba, quizás tenía demasiada. El caso es que no duró.
Theo le sucedió, un armador griego, no era Onassis, pero bueno. Era griego, eso habría tenido que llamar la atención a Fedra, pero las ventajas eran numerosas: viajaba mucho, sus ingresos eran importantes, frecuentaba la alta sociedad, tenía varios yates, …
El idilio se prolongó.
Un día, en Nueva York, conoció a Hipólito, guapo como un dios, oficial de marina, un Corto Maltés americano. No pudo resistirse y se lanzó a la conquista de ese adonis que el destino había puesto en su camino.
Sorprendentemente, cuando Hipólito supo su nombre, la rechazó.
No lo entendía, el amor del que negaba la existencia la cegaba, estaba desesperada. Incluso ella amenazó con suicidarse, esperando conmoverlo. El tiempo apremiaba, su rico amante estaba volando para reunirse con ella. En el aeropuerto JFK, Fedra se encontró con Hipólito y descubrió que también esperaba a Theo. Era el hijo que había tenido con otra mujer. Ella se adelantó y acusó a Hipólito de coquetear con ella. Theo estaba furioso.
En el hotel se pelearon, Hipólito tenía una pistola en la mano y disparó. Fedra se interpuso y murió en el instante.
El destino seguía siendo inexorable, la tragedia inevitable, los dioses despiadados no habían perdonado.

Jean Claude Fonder