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No podía imaginar yo, ni remotamente, que un simple artículo acerca de la limpieza o suciedad de  mi ciudad, casi podría decir sobre cualquier ciudad, diese lugar a una polémica tan agria, entre vecinos, residentes o transeúntes, como la que se ha visto en los comentarios que los interesados han dejado en mi anterior ¡Ay, Carmena, ay, Carmena!

Parque de bomberos de Chamberí.

Después de casi cuarenta años de ausencia y de haber visto algo de mundo, la mirada casi inocente, virgen, diría yo, sobre mi ciudad, da como resultado que, efectivamente, Madrid es manifiestamente mejorable en este aspecto de la vida cotidiana. Pero también me atrevería a decir que la mayoría de las ciudades en las que he vivido o visitado son, igualmente, manifiestamente mejorables. Con lo cual quiero decir que no creo, como se señala en algún comentario, que los madrileños sean guarros “per se”, o que, como se dice en otro, son guarros en la calle porque también lo son en casa. Acuérdense de aquel famoso piropo: “Pisa, morena, que paga el ayuntamiento”. Lo que creo es que no hay conciencia cívica suficiente, que es otra cosa, y eso se arregla con una constante y determinada voluntad política y social que es responsabilidad de todos. A lo que estamos acostumbrados es a delegar responsabilidades en el momento que éstas pasan al ámbito público, como si una vez votado el concejal correspondiente ya no tuviéramos obligación de seguir velando y trabajando por los intereses y preocupaciones comunes y sólo tuviéramos el poder de castigar al concejal incumplidor en las siguientes elecciones.

Una ciudad es un organismo vivo de una complejidad social, económica y política que requiere para su correcto funcionamiento una serie de esfuerzos técnicos inimaginables que suelen estar lejos, muy lejos, del conocimiento y la comprensión del simple ciudadano, ése que sólo ve al final el resultado: esto está limpio o sucio, los transportes llegan a la hora y con la fluidez conveniente, los centros de salud adolecen de falta de personal, Internet llega o no llega, y así el más largo etcétera que imaginarse pueda para que la vida cotidiana, en estos monstruos de millones de cabezas, pueda considerarse algo digno de ser vivido y no sólo el lugar donde ganarse un sueldo que siempre será poco, para salir corriendo en cuanto lleguen las vacaciones, aunque sean dos miserables días. La ciudad, cualquier ciudad, debería ser un hermoso lugar de convivencia del que incluso no apeteciera salir cuando llegasen las vacaciones.

Para que esos esfuerzos técnicos a los que hacía alusión sean posibles, ejecutados de forma inteligente, se hagan realidad y den los resultados apetecibles para los ciudadanos, éstos confían habitualmente en las fuerzas políticas a las que entregan su voto y tienen la opción de castigarles retirándoles su confianza, si no han cumplido sus compromisos, al acabar la legislatura correspondiente para entregársela a otro grupo ideológico o partido político. Ésta ha sido la base de las democracias modernas. Hasta ahora. Pero las realidades se hacen cada vez más complejas y las sociedades cambian. Y el compromiso de los ciudadanos con su realidad cotidiana también debe cambiar. No es lo mismo una ciudad de 300.000 habitantes que otra de 3 millones.

Hace poco leí un artículo, que no es reciente, esto de las hemerotecas está muy bien, que el día del Orgullo gay el Ayuntamiento de Madrid tuvo que recoger no sé cuantos miles de toneladas de basura que costaron a las arcas municipales como medio millón de euros, no previstos en ningún presupuesto ordinario. A mí me parece muy bien que todos nos manifestemos para proclamar aquello que consideremos que es necesario para dar a conocer a la sociedad nuestras aspiraciones. Perfecto. Pero entonces, el Ayuntamiento, y el simple ciudadano, tendrán que reclamar a los organizadores una suma, igual o similar, capaz de asumir el coste de una operación de limpieza provocada única y exclusivamente por el evento del que se trate. Los organizadores también tienen otra opción: crear sus propios comités de limpieza que, en colaboración con las autoridades municipales, dejen el espacio público en las mismas condiciones en que lo encontraron.

A nadie se nos olvida cómo quedaron la mitad de las playas de España en la pasada festividad de las hogueras de S. Juan. Y a la mañana siguiente, cuadrillas de barrenderos, de ésos que alguien llama vagos, de toda España, las vimos actuar dejando las playas listas para el turismo de ocio habitual. La limpieza no es un asunto menor ni se circunscribe, por desgracia, sólo al ámbito de Madrid. La limpieza es un asunto mayor cuya responsabilidad última recae, sin duda, en las administraciones públicas, pero también requiere de un compromiso de la ciudadanía que hasta el momento no ha sido convenientemente encauzado.

Nuevos Ministerios de Secundino Zuazo en Ríos Rosas.

Quiero decir con todo esto que las democracias, para ajustarse a un funcionamiento adecuado y moderno que exige esfuerzos inteligentes y constantes, como es el caso de la limpieza de las ciudades, necesitan ampliar sus bases sociales. Pero no sólo en el sentido de ampliar la capacidad de voto, como podría ser el caso de extranjeros, emigrantes o jóvenes, sino en el sentido de otorgar mayor responsabilidad a los ciudadanos en la toma de decisiones y ejecución de los proyectos que les atañen directamente, como es el caso de la limpieza. No se me ocurre otra fórmula que fomentar el “asociacionismo”. Y con referencia al caso que nos ocupa de momento veo dos tipos de asociación absolutamente claves: la comunidad de propietarios o inquilinos de un inmueble y la asociación de vecinos del barrio. Las comunidades de propietarios funcionan por imperativo legal, pero se dedican exclusivamente a su inmueble, como si las calles no fuesen también ámbito de sus derechos y obligaciones. Las asociaciones de vecinos prácticamente no existen, aunque en el barrio de Ríos Rosas de Madrid la asociación ¿Tienes sal? acaba de crear un buen precedente. Los ayuntamientos y juntas de distrito tienen que seguir haciendo su labor en defensa de los intereses ciudadanos, pero las asociaciones de base como las mencionadas, u otras similares, deberían ayudar, desde la fuerza de su base social, a una planificación y ejecución inteligente de la toma de decisiones políticas. Y la limpieza de la ciudad es una cuestión política.

También es una cuestión de imagen, y en una ciudad como Madrid, que vive en gran parte del turismo, no creo que fuera especialmente agradable tener que llenar la ciudad de carteles como éste: “Prohibido arrojar colillas al suelo bajo multa de 50€”.

Este poder coercitivo de la administración existe en muchos lugares y para muy diversos menesteres. El tema favorito de las administraciones son los coches, para los que imponen normativas draconianas, pero sería mucho más hermoso que las simples asociaciones de base fomentaran, o crearan donde no exista, con ayuda de los poderes públicos correspondientes, algo parecido a una ética de la conducta ciudadana, conciencia cívica, como decíamos al principio.

Pero el asociacionismo, como la vida en general, requiere de dos normas básicas irrenunciables: respeto por las ideas ajenas y capacidad de argumentación y defensa de las propias.

Arturo Lorenzo.
Madrid, diciembre de 2018