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© Anastasia Dupont

Cristina camina lentamente, está muy sombría. Dice que la situación no le gusta, que hay algo que no funciona, que no entiende. Con Dan que ha desaparecido no tenemos ningún hilo que pueda conducirnos a Carmen.
—No creo que la policía vaya encontrar algo, podemos solo esperar que Carmen consiga enviar un mensaje, —añade.
—Tengo una idea, —dice María, —podría poner en Facebook también yo fotos provocadoras. Me contactarán y tendremos una pista.
Cristina no puede contenerse, la abofetea violentamente y se pone a llorar.

Así se acaba, el episodio precedente de “Bar Topless”, la serie que nos cuenta las aventuras de tres mujeres fuertes e independientes que saben enfrentar al femenino el mundo actual, duro y sobre todo machista.

EL PRÍNCIPE

La celosía de hierro forjado mantiene mi cuarto sumido en una luz tamizada y dulce. Veo el mar a lo lejos, más allá del jardín tropical que rodea la villa. Hace mucho calor, pero un calor seco y un ligero viento cargado del olor salado del mar entra por la ventana abierta y se propaga hacia otras aberturas diseminadas en toda la casa. Se percibe también el rumor del agua de las fuentes que riegan el jardín y refrescan el ambiente. Un paraíso si no fuera una cárcel o más bien una especie de harem. Estoy tumbada en la cama. Me han vestido a la oriental, un pantalón transparente, de cintura ancho y que se lleva muy baja dejando ver todo el vientre y el ombligo que me habían adornado con una gruesa perla, y finalmente un pequeño chaleco corto todo bordado que deja ver mis pechos, un poco como en el bar topless en Milán. Tengo el pelo suelto y mi frente está ceñida por una cinta adornada de joyas falsas. Me han colocado en las muñecas y en los tobillos pulseras de hierro inamovibles con un anillo para poder encadenarme, o simplemente para recordarme mi condición de esclava.

No sabía dónde estaba. Cuando llegamos con Dan a Durazzo en Albania, nos esperaba un coche mercedes con un conductor. Dan me dijo que había organizado este transporte hacia Tirana. Durante el trayecto, en un aparcamiento desierto, se pararon, los dos me agarraron, me pusieron las esposas, un saco sobre la cabeza y me hicieron una inyección. Me desperté en esta villa, en un país caliente y cerca del mar. Me acogió una mujer mayor, hablaba inglés con un fuerte acento que no supe identificar. Estaba vestida con un larga túnica, tipo caftán, muy bordada con un elegante escote en V. Mandaba ella claramente, había muchas mujeres africanas, indias y asiáticas, todas hermosas y muy atractivas. Había también unos servidores varones todos negros e imponentes. La señora Razane, como supe más tarde que se llamaba, me confió a dos chicas jóvenes, Dora que era negra y Neha que era india, o quizás pakistaní.
—Tienes que prepararte, —dijo en inglés, —en una semana el Príncipe El Bachir, tu Señor y dueño, volverá de Estados Unidos. Sin duda querrá conocerte. Hay muchas cosas que deberás aprender antes de que llegue. Dora y Neha te van ayudar y enseñar los usos y las reglas de esta casa. No pienses que te vas a escapar, la villa está circundada de muros muy altos, los guardias que has visto controlan las puertas y de todos modos estamos muy aislados y muy distantes de cualquier zona habitada. Encontrarás sólo el desierto al otro lado de estos muros. Por lo demás, te puedes mover libremente dentro de la casa y en el jardín que es bastante grande.
Neha me cogió por la mano y me guío hacia el cuarto de baño. Había mármol en todas las habitaciones, caminábamos descalzas, lo que daba una sensación muy agradable de fresco. El baño era muy grande, como si fueran unas termas, con piscinas diversas que tenían temperaturas diferentes. Había muchas mujeres que hacían sus abluciones, nadaban o descansaban solas o en grupo. Parecía como si estuviéramos en un cuadro de Jean Léon Gerôme, unas desnudeces indolentes en un ambiente templado y sensual. Noté una señora tendida sobre una cama. Estaba cubierta en parte por una toalla y me observaba con mucha atención, mientras una criada negra le daba cuidadosamente un masaje en la espalda.
—Es Djamila, la primera esposa del Señor, —me murmuró Dora que caminaba a mi derecha.
En cierto modo yo también era un personaje. Todas ellas me observaban, era la novedad, una mujer más blanca que ellas, con rasgos caucásicos y que se iba a ofrecer al príncipe como si fuera un delicioso bocado. Hasta me habían otorgado dos criadas para prepararme.
Dora y Neha me quitaron las prendas que llevaba cuando me raptaron. Completamente desnuda me hicieron entrar en una piscina con agua templada, me enjabonaron todo el cuerpo y después, para enjuagarme, me situaron ante un poderoso chorro de agua que provenía de un tubo que salía de la pared. Cuando pensé que estaba ya limpia, me untaron otra vez todo el cuerpo con una pasta oscura que olía como a romero y me dejaron reposar. Estábamos en la sala más caliente, y en el pelo me pusieron una mezcla de hierbas y de fango muy delicada. Estuve un rato sudando con el pelo convertido en un turbante natural. Entonces vino una mujer musculosa y me frotó todo el cuerpo con un guante como de crin con el que me quitó la piel muerta. Pensé que me iba a quedar transparente. Después me aclararon Dora y Nega mientras la enérgica frotadora desaparecía sin tan siquiera mirarme. Me llevaron a la sala fría y me indicaron la piscina de agua helada. La temperatura me salvó de la bajada de tensión que me estaba provocando tanto calor. Me secaron cuidadosamente con una toalla grande, insistiendo sin vergüenza en los pliegues más secretos de mi cuerpo. A continuación me llevaron a una sala apartada y me hicieron acostarme sobre una cama recubierta con una esterilla de paja e iniciaron a masajearme después de haberme untado con un ungüento oleoso y perfumado. El olor que predominaba era el jazmín, mi cuerpo se convertía en un montón de músculos olorosos y distendidos. Me sentía relajada, vacía y ligeramente perturbada. Neha se había desnudado también y frotaba mi cuerpo con el suyo, introduciendo su pierna entre las mías. El orgasmo no tardó en llegar, y entonces me dormí.
Cada día se repetía la misma ceremonia, pero el masaje se hacía cada vez más sensual, como preparándome a mi papel de esclava sexual despertando mis capacidades eróticas. A veces las criadas me introducían un consolador en la vagina o en el ano, o me frustaban dulcemente mientras usaban las pulseras para encadenarme a un palo. Estábamos siempre en la sala de baño ante los ojos de las otras mujeres que me observaban con una sonrisa irónica en los labios. Yo me dejaba simplemente llevar por mis sensaciones sin intentar impedir la manipulación que hacían sobre mi cuerpo. Después de todo, era bastante placentero.
En el baño, no volví a ver a Djamila. Sin embargo una mañana que estaba paseando por el jardín exuberante, buscando la sombra y el rumor del agua que surgía de las fuentes esparcidas en cada rincón, la encontré sentada sobre un banco de piedra en un alcoba disimulada en un masivo de plantes olorosas.
—¡Hola jovencita! ¿Te gusta este lugar? —me dijo con un voz dulce.
Me paré desconcertada, no habría imaginado nunca que la esposa del Príncipe, se hubiera dirigido a mí, y menos para interesarse por mis opiniones o mi bienestar.
—Lo sé, quieres escapar de este paraíso.
Me callé, podía ser una trampa.
—Eres una mujer muy hermosa y atractiva, demasiado atractiva, te voy a ayudar. Estamos en la ciudad de Suhar en el sultanado de Omán, donde el Principe El Bachir tiene su palacio privado. En realidad no estamos muy lejos de la moderna Dubai, pero el desierto nos separa cruelmente.
Sin decir más se alzó y desapareció rápidamente en el dédalo de sendas y setos del jardín.

Esta noche voy a conocerlo. Me han preparado y espero que me lleven a él. Estoy preocupada. ¿Qué tipo de hombre será? Neha me dijo que era muy guapo. No me importa mucho pero si tengo que acostarme con él lo prefiero, lo que no significa que no pueda ser brutal o lo que es peor, violento. Sé defenderme, también de un hombre más fuerte que yo, pero esto retrasaría sin duda mis posibilidades de escapar.

—¡Acompáñame! —dice la señora Razane con voz autoritaria. Había entrado en mi cuarto con uno de los imponentes guardas. —El Señor te espera.
Algunos momentos más tarde, entro en el apartamento del Príncipe. La primera habitación es una sala de espera amueblada sobriamente con sofás. El guarda se queda allí firme al lado de una puerta doble, un secretario está sentado en su escritorio, con la espalda girada hacia la gran ventana que ilumina violentamente la pieza. Nos hace señal de pasar inmediatamente, el guarda abre la puerta y penetramos en la guarida del Señor y dueño.
¡Es alucinante! Todo el mobiliario y el decorado en su conjunto es muy moderno, es vanguardista aunque bien integrado en la arquitectura oriental del palacio. En toda la sala veo muchos divanes de color gris claro con muchísimos cojines de todos los colores, los dibujos no son antropomorfos, como lo requiere el Islam. Colgados sobre las paredes hay otros objetos de arte que siempre recuerdan rejas o dibujos geométricos. En medio de alfombras de lana moderna están dispuestas pequeñas mesas hexagonales con patas triangulares. Como en la antecámara, hay unas grandes ventanas, en parte cubiertas por cortinas del mismo color que los divanes y las alfombras. El ambiente es afelpado, como si requiriera el silencio. En un rincón destaca un escritorio antiguo y precioso, sobre el cual hay un ordenador, un Apple. Mi corazón empieza a latir con fuerza mientras lo observo disimuladamente; en este momento está apagado, pero para mí es un rayo de esperanza que me insufla el coraje de enfrentarme a cualquier situación, por difícil que sea.
En el fondo, otras cortinas entreabiertas separan esta sala de estar de un habitación en la que se adivina una gran cama recubierta por una colcha roja india. Mientras eso me recuerda el motivo de mi presencia en este lugar, un hombre alto, vestido con ropa occidental, barba corta negra y ojos oscuros descarta una cortina y entra en la sala donde lo esperamos. Me echa apenas una mirada, y con un tono enfadado habla directamente en árabe con la señora Razane y se despide diciéndome con un perfecto italiano que se excusa mucho pero su personal se ha equivocado y que nos conoceremos en otro momento.
Salimos inmediatamente de la sala, yo siguiendo con dificultad a la señora que se dirige hacia mi cuarto. Llegadas ahí, me dice bruscamente que tengo que cambiarme de ropa, la que llevo no ha gustado al Señor, y que Dora y Neha se ocuparán de remediarlo.
El día sucesivo, después de las abluciones, un guardia me quita las pulseras y Neha me acompaña a mi cuarto en el que esperan mis vestidos personales, vaqueros, camiseta, chaleco y zapatos deportivos. Me giro hacia Neha, con una mirada interrogativa.
—El Señor no quería conocerte disfrazada de mujer de harem. —dice en inglés Neha. —Ha regañado a la señora Razane. Su deseo es conocer a una mujer italiana, una como la que encontró en un bar de alterne en Milán.
Me visto entonces rápidamente y Neha me lleva directamente al apartamento moderno del príncipe. Él me está esperando sentado en uno de los divanes. Cuando me ve, se alza para estrecharme la mano, esbozando una sonrisa.
—¿Cómo te llamas, yo me llamo Ahmed?
—Carmen —respondo.
—Pero es un nombre español.
—Sí, mi madre es española y mi padre italiano.
—Eres italiana entonces. Yo te vi en un bar de Milán en el que trabajabas. Estabas vestida como hoy, pero no llevabas la camiseta.
¡El bar topless! Me vio en el bar topless y me tomó por una chica de alterne. Pero eso no es posible, en el bar no se acepta ningún tipo de relación con un cliente sino tomar el pedido. Claro que un príncipe árabe, no acostumbrado a preguntar, se había equivocado sobre el tipo bar.
—¿Cómo se llamaba el bar? —pregunto. —Yo he solo trabajado como camarera en el bar de mi madre, y le puedo garantizar que no es para nada un burdel.
—No me acuerdo exactamente, algo como “topless bar”, lo que ya es muy significativo, y además las camareras trabajaban con los pechos desnudos bajo un chaleco abierto.
—Sí es esto, pero in ningún modo manteníamos relaciones con los clientes.
—Por supuesto, hay un código, un modo de pedir que conocen solo los iniciados. No tenía tiempo para descubrirlo, así que hablé con la señora Razane para que investigase y descubriese el modo de invitar aquí a una de esas camareras. Ella es la responsable de contratar, manejar y formar el grupo de concubinas que trabajan para mí. Soy rico, es más soy riquísimo, en tu caso estoy dispuesto a pagar mucho. Ya conoces este palacio, es hermoso, tendrás tu apartamento privado y podrás disfrutar de todo los servicios que pongo a disposición de mis mujeres. Lo que no puedes hacer es comunicar con el exterior o salir del palacio. Si tienes hijos, podrías convertirte en esposa oficial, depende de la calidad de tus prestaciones y de tu voluntad de formar parte de mi familia.
Lo miro con horror y grito:
—Esto es más que ser una concubina, una mujer de alterne o una puta. Esto es esclavitud, no hay otra palabra, esto es reducir a un ser humano al estado de animal, aunque sea de lujo. Lo comprendo ahora, estoy atrapada.
No dudo un instante, salgo violentamente de la sala, me precipito corriendo hacia mi cuarto, y me echo sobre la cama llorando como una magdalena.

Durante algunos días no pasa nada, no oigo hablar de él. Dora y Neha siguen ocupándose de mí cada día, pero ahora me niego a participar en los masajes eróticos que solían prodigarme. No veo tampoco a Djamila, me habría gustado cambiar ideas con ella, entender mejor.
¿Cómo podría acceder a su ordenador o su móvil? Reflexiono mucho y llego a la conclusión de que tengo que acostarme con él para captar su confianza e inventarme un modo para enviar un mensaje a María. Conozco el texto de memoria, lo he trabajado para reducirlo al esencial: “dónde estoy”.
Una noche siento golpear ligeramente en la puerta, Ahmed entra con precaución en mi cuarto, pide perdón y pregunta si puede hablarme unos momentos. Me enderezo y me cubro púdicamente hasta el cuello con la sabana.
—He buscado el bar topless en Facebook e internet, he visto que tenías razón, es un bar normal. He leído su historia. Sé que eres una muchacha honesta, una estudiante de ingeniería informática. Pero nadie conoce en el mundo exterior la existencia de mi “harem”. No te puedo liberar ahora. Me gustas y querría que te quedases conmigo por tu propia voluntad. No te forzaré a nada y esperaré el tiempo necesario.
—¿Y Djamila?
—No es un problema, en nuestra religión podemos casarnos más de una vez. Simplemente dejaré de frecuentar su cama.
—¿Y las otras mujeres?
—También.
—¿Y entonces seré libre de salir?
—Una vez casada, sí progresivamente.
Le digo que lo pensaré y que le daré mi respuesta al día siguiente en su apartamento.

Por la tarde estoy lista, vestida con mis vaqueros y el chaleco cerrado, porque debajo no llevo la camiseta, llevo el uniforme del bar topless. A los hombres una mujer vestida normalmente y sin maquillaje que deja ver sus tetas como si fuera también normal, les hace enloquecer. Estoy decidida a acostarme con él ya mismo. Tengo que decir que Ahmed es un hombre muy guapo, pero no puedo perder la lucidez, tengo que disfrutar de cualquier momento en el que esté distraído.
Su secretario me anuncia cuando me presento sola en su apartamento, paso, él me acoge sonriendo, y me invita a sentarme a su lado. Me mira lentamente, parece que me desnuda con sus ojos. Me toma la mano, y dice con una voz que siento alterada.
—Estás vestida como en el bar de Milán ¿me equivoco?
—No, —respondo tímidamente y desabotono lentamente el chaleco.
No tengo pechos muy abundantes, pero parece que el efecto es inmediato. Se alza para dar instrucciones de que nadie lo moleste. Ha dejado en el diván su móvil todavía encendido, no es un iPhone, verifico en un relámpago que no tiene un código de acceso. Es una suerte, me quito el chaleco, lo dejo en el diván sobre el teléfono y voy a tumbarme bajo las sabanas en el centro de la cama para que me vea bien desde la sala. Cuando vuelve se dirige inmediatamente hacia mí.

Pasamos una noche muy intensa, hicimos el amor sin parar, como si exploráramos el Kamasutra. Participé y disfruté plenamente, no quería que dejara la cama un solo instante hasta que se durmiera de cansancio, pero era resistente, cada vez mis caricias más osadas encendían todo su vigor. Tengo que confesar que disfruté mucho, aunque mantenía el control sobre mi misma, Además me sentía halagada por ser capaz de excitar a un hombre hasta este nivel. Finalmente se desmoronó en un sueño que parecía inacabable.

Espero un momento, y con muchas precauciones me deslizo fuera de la cama. Cojo el móvil, envío un mensaje WhatsApp a Maria, Cristina y Alfredo. Lo borro inmediatamente en el móvil. Limpio el móvil y lo dejo a la vista a lado de mi chaleco en el diván. Vuelvo a la cama, me introduzco con precaución bajo las sabanas y me duermo también yo con una sonrisa en los labios.
Mañana será otro día.

 Jean Claude Fonder