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A veces sueňo que regreso. Vuelvo en el barco de vapor en el que emigraron mis ancestros. Envuelta en un mantón descolorido, un sombrero de fieltro y por todo equipaje mi alma inquieta.
A veces sueňo que regreso. Espero en la rada del puerto el antiguo carruaje que me llevará al barrio de la infancia. Arrabal de casas bajas, azoteas encaladas y un cielo siempre apurado que me despeina los cabellos.
A veces, cuando sueňo que vuelvo, recorro la avenida de acero, afilado cuchillo que parte en dos la ciudad entrando de lleno en la llanura. Y a los lejos, una bandada de sombras levanta polvareda, diseňos colosales, monstruos goyescos.

A veces sueňo que regreso. Paso a paso, equilibrista inexperta sobre los cables sueltos del teléfono. Cruzo el océano enredada en el murmullo de voces familiares, auscultando la hondura de lo no dicho, descifrando el alfabeto extraviado en la distancia.

A veces vuelvo a una ciudad desconocida que sin embargo conozco, que he deseado, recorrido, donde una esfinge decrépita gesticula sobre un cúmulo de tabas y una niňa me habla en jeringoza.
A veces vuelvo a una ciudad rompecabezas, a las calles de un libro donde sigo jugando a la rayuela. Y otras veces escapo de una zona de guerra, de una agenda sin nombres, de una muerte sin cuerpos.
A veces sueňo que regreso. Nadie me reconoce. Nadie habla mi idioma. Una ola me engulle. Una mano me atrapa. Tengo miedo y no sé si vengo o voy.

A veces, cuando vuelvo en los sueňos, llego feliz al jardín de la abuela, a la chicharra llorona en el árbol de tipa, al grito desaforado de los teros, al zanjón y a la esquina de tierra donde nos besamos por primera vez.
En ciertos sueňos regreso en tranvía, en otros lucho contra la marejada y en otros me reencuentro con mi madre que, sentada en un arcón de plata, me pregunta con sorna: ¿pero qué haces aquì?.

A veces sueňo que regreso. Vuelvo en la lengua ancestral de las caricias y otras, cuando sueňo que vuelvo, no logro recordar mi domicilio.
Pero a veces sueňo que no vuelvo, que el viaje es un pasaje de ida sin retorno. Son los sueňos mejores. Me siento finalmente libre. Y dondequiera que despierte, ya llegué.

Adriana Langtry